7/2/22

La adaptación social requiere una estructura de carácter rígida

Nos han hecho creer que la Historia de la humanidad comienza en el s. IV a.C. con la escritura. Antes de ese momento, lo que había era Prehistoria, es decir, algo previo a la Historia y sin ninguna importancia social ni cultural. Según esta visión hegemónica, el hombre no era ni siquiera un hombre al cien por cien, sino un salvaje con taparrabos que solo borboteaba sonidos. Un ser con poca inteligencia, incapaz de ningún logro. Sin embargo, las excavaciones arqueológicas demuestran que esta perspectiva está totalmente errada. El proyecto divulgativo Suarra ofrece un interesante resumen, del cual extraigo este fragmento:

“Las evidencias arqueológicas desenterradas en los yacimientos preindoeuropeos nos muestran como miles de años antes de que surgieran las vanagloriadas civilizaciones griega y romana, ya existían en Europa culturas con un alto nivel de desarrollo técnico (navegación a vela, uso extendido del telar, sistemas de irrigación, escritura pictórica, abundante producción artística...) pero que no necesitaban ni de ejércitos ni de esclavos para sostener su modo de vida”.

Tanto Suarra como algunos libros de Casilda Rodrigáñez y Wilhelm Reich explican el origen de lo que llamamos civilización, que nada tiene que ver con la evolución natural de la sociedad, sino que fue diseñada mediante la violencia combinada con la manipulación durante un largo proceso hasta lograr hacer olvidar al ser humano su naturaleza y su pasado. Pero, como la Historia la escriben[1] los vencedores, pues controlan el aparato cultural, se nos hace creer que el hombre civilizado ha creado una sociedad mucho mejor que la de sus antepasados del Neolítico. También se nos dice que las guerras siempre han existido, pues la violencia es algo natural, innato en el ser humano, y que el origen de la misma está en su “parte animal”, que debe controlar. Pero ya hemos visto que la arqueología echa por tierra esta idea. Y no solo ella: la psicología, la antropología, la biología y otras disciplinas han puesto de manifiesto asimismo la naturaleza del hombre -y de todo ser vivo- basada en la cooperación y en el principio de placer (no individualista, como explican Rodrigáñez, Kropotkin, Margulis...). La depredación existe, es innegable, pero como un elemento más del equilibrio natural. Lo que no nos cuentan quienes dominan la cultura y la divulgación científica es que los miembros de una especie animal no se matan entre ellos, sino que buscan todo lo contrario: la conservación y perpetuación de la misma.

Se sabe, entonces, que existieron culturas prósperas en las que no existían la guerra ni la dominación, que la violencia es un producto social y no biológico y que las sociedades libres han tenido una duración mucho más larga que los seis mil años que llevamos de civilización patriarcal[2]. Esta ha ido modificando sus formas para adaptarse a las circunstancias concretas de cada época, pero sus objetivos y métodos empleados son sustancialmente los mismos desde sus comienzos.

Sabemos, también, que para que dicha civilización exista es necesario crear una estructura de carácter específica en los individuos, lo cual se lleva a cabo desde la etapa intrauterina hasta los 7 años, con constantes refuerzos a lo largo de toda la vida y, especialmente, en la adolescencia. La familia patriarcal es la correa de transmisión entre el Estado y el niño o la niña que son preparados para “vivir” en esta sociedad. En las últimas décadas, se toleran nuevos modelos de familia, pero se insiste en patriarcalizar a las madres solteras o divorciadas para que sus hijos reciban la misma educación represiva que en familias tradicionales, hoy ejercida a través del chantaje emocional y la manipulación sutil.

El eneagrama (el de verdad y no las versiones edulcoradas que abundan por Internet) explica el origen de cada estructura de carácter (eneatipo) según la etapa del desarrollo sexual del niño que se vio más alterada. Resulta curioso descubrir que los caracteres más rígidos (eneatipos 1, 2, 7 y 8) son los que mejor se adaptan a la sociedad y los que obtienen mayor éxito profesional (quizás el 7 sea un caso excepcional en este sentido,  a causa de su búsqueda de nuevos estímulos, que seguramente le lleva a huir de la estabilidad laboral). En cambio, los caracteres pregenitales (especialmente el oral (eneatipo 4) y el masoquista (eneatipo 9)), que no han podido desarrollar rigidez, tienen una peor autoestima y grandes dificultades para adaptarse a la forma de vida que les viene impuesta (el 9 no tanto, por su actitud resignada). Me atrevo a afirmar que es entre estos caracteres menos rígidos en los que más abunda el prototipo de fracasado laboral y social, aunque estoy generalizando y también influyen el subtipo, el temperamento, que sí es innato, y la propia historia personal.

Es cierto que los eneatipos de carácter rígido han podido arraigarse y tienen una actitud más segura ante el mundo, según explica Alexander Lowen (El lenguaje del cuerpo), pero el precio que tienen que pagar para estar mejor adaptados socialmente es muy alto, ya que supone la desconexión con sus propias necesidades emocionales. Esta desconexión les provoca una ansiedad o un sentimiento de vacío cuyo origen no comprenden y, además, la autorrepresión inconsciente de sus emociones (en el eneatipo 1 sobre todo) puede llevarles no solo a tensiones musculares crónicas, sino a una depresión. Los caracteres rígidos suelen adaptarse bien a la sociedad y obtener cierta estabilidad laboral, pero vivirán en constante insatisfacción de la que intentarán escapar de maneras distintas según cada eneatipo[3].

Los caracteres menos rígidos, en cambio, tienen serias dificultades para enfrentarse al mundo. El arraigamiento no se ha podido desarrollar en ellos. Este resulta necesario e importante para desenvolverse en una sociedad sana. No ocurre lo mismo con la rigidez, como estamos diciendo, pues solo se da en una sociedad, como la nuestra, basada en la dominación, en la que hay vencedores y vencidos, en la que la empatía, la cooperación y el amor son obstáculos para tener éxito en el ámbito profesional y en las relaciones sociales y “amorosas”[4]. A las personas con estos eneatipos solo les quedan tres opciones: o hacer inmensos esfuerzos por adaptarse, resultando triturado su ser; o permanecer en su mecanismo de defensa (la huida, la abulia, la resignación...); o, finalmente, comenzar a hacerse preguntas sobre el porqué de su situación en esta sociedad. No hallarán ninguna solución mágica, pues la tarea de sustituir la civilización basada en la dominación por formas sociales y económicas basadas, en cambio, en las relaciones naturales y en lo que Reich llamaba democracia laboral no depende de algunos individuos aislados. Pero, al menos, tendrán una mejor comprensión del contexto social e histórico en el que nos ha tocado vivir y, tal vez, en algún momento puedan, junto con el resto de sus congéneres, emprender la mencionada tarea. Por supuesto, esta tercera posibilidad se extiende a cualquier persona, tenga el eneatipo que tenga.



[1] Precisamente, la Historia comienza con la escritura, pues fue empleada por la clase dominante como instrumento de manipulación de las masas (utilizo este nombre sin connotación despectiva). Mencioné este tema por encima en mi artículo “La trampa de la ley natural”.

[2] Es importante tener clara la definición de “patriarcado”, pues no es la que nos llega desde el pseudofeminismo que controla el aparato mediático, político y cultural. Para una mejor comprensión del término, remito una vez más a la obra de Casilda Rodrigáñez.

[3] Hasta el momento, la información que me parece más fiable sobre el eneagrama es el libro de Claudio Naranjo, Carácter y neurosis; el de Juan José Albert, Ternura y agresividad y la web y vídeos de Jordi Pons, que ofrece un buen resumen de dichos libros y que recomiendo para quien quiera introducirse en el tema de forma amena.

[4] Lo que se conoce en nuestra sociedad como amor se basa en formas neuróticas que nada tienen que ver con el mismo, pues los impulsos amorosos de la gran mayoría fueron suprimidos en la primera infancia y sustituidos por los impulsos secundarios, incapacitando así al individuo para la entrega amorosa.

1/2/22

Muros y espinas

Se acabó el tiempo de los desgarros, pero aún quedan espinas enredadas con las venas.

No, ya no es tiempo de arrancarlas. Ahora dejo que la brisa me guíe y voy deshaciendo los nudos entre otoños y amaneceres. Me subo a estas notas, tan mías, ya tan sin ausencias punzantes y nieblas de antisilencio. Y otras veces me refugio en el bosque de letras que desde siempre me acompaña, para hacer más leve la tarea.

No hablaré ya de ojos ni de manos. Hablaré de mis pasos desorientados y certeros. 

Hablaré del brillo que se quedó encerrado y que perseguí hasta el centro del laberinto, donde me hundí sin miedo.

Quisiera que la suavidad hubiese sido la única habitante de esta piel extraña, pero cuando me alcé por primera vez del suelo, las espinas llevaban mucho allí. Nunca supe cubrirme con un jardín artificial. Estaban y están allí, evidentes, palpitantes, ennegreciendo la sangre.

No pudo ser tu sonrisa. Fue, en su lugar, tu muro. Fueron mis pasados desgarros y mi envenenamiento, crónico hasta que libere mis venas.

30/1/22

La salud biopsíquica está prohibida

La salud biopsíquica no consiste en la regulación artificial de la conducta de los seres humanos para que no resulte socialmente perjudicial. Sin embargo, esto es lo que se busca desde la psicología predominante. De este modo, se modifica la capa superficial del carácter (ver artículo anterior), que oculta los impulsos secundarios -que son sádicos y destructivos- y se deja intacta la coraza caracterológica, que sigue siendo fuente de neurosis socialmente aceptadas. La conocida frase “no es sano estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma” describe de manera acertada la situación del individuo en la civilización. En el sistema público de “salud” lo que se hace es tapar los síntomas y volverse ciego a lo que está sucediendo realmente. Una de las causas son los intereses lucrativos de la industria farmacéutica y otra, no menos importante por poco conocida, la propia estructura de carácter de médicos, directores de hospitales, etc. Como la neurosis está normalizada, se puede perfectamente afirmar que un paciente ya está sano siempre y cuando su coraza (que es un mecanismo de defensa) sea funcional (suficientemente rígida) y los impulsos secundarios, que son antisociales, estén bien ocultos.
 


Imágenes extraídas de "La función del orgasmo", Wilhelm Reich

La represión de los impulsos primarios (surgidos del núcleo biológico) y la posterior inhibición de los secundarios generan una serie de síntomas que la medicina hegemónica, de pensamiento mecanicista, achaca a cualquier cosa menos a su verdadero origen. La expresión somática de la coraza caracterológica es la coraza muscular, así pues, si te duele la espalda o el cuello a causa de una excesiva tensión, el médico de carácter neurótico te recetará seguramente algún medicamento para reducir el dolor y te recomendará ejercicios o una visita al fisioterapeuta. El dolor tal vez se reduzca, pero aquello que lo genera no va a desaparecer. No estoy diciendo que no se deban tomar medicamentos para reducir o eliminar síntomas. Esa es una decisión personal. Lo que quiero decir es que la salud física y psicológica solo se reestablecerá (desapareciendo los síntomas) cuando la coraza sea disuelta y el individuo pueda expresarse desde su núcleo biológico, sin ningún tipo de bloqueo del flujo orgonótico. 

Eso es algo que todos anhelamos. El tipo de sociedad en que vivimos no podría existir si sus miembros se expresasen desde el núcleo biológico (Reich hablaba de “carácter genital”), ya que se basa en la estructura de carácter neurótico. Es el tipo de sociedad el que fabrica todo tipo de neurosis (y psicosis en algunos casos, cuando el conflicto interno es proyectado y se vive como una realidad externa). Por esa razón, la medicina hegemónica jamás nos ofrecerá una solución eficaz. Por mucho que la llamen “sanidad pública”, es realmente sanidad estatal, puesta a disposición de los ciudadanos por parte de la clase dominante para poder seguir aprovechándose de ellos sin que causen demasiados problemas. Muchos han hablado de la contradicción económica del sistema, que le lleva a fabricar crisis (la última es la de 2020) para poder reiniciarse y evitar su propio colapso. Pues algo parecido ocurre desde el punto de vista psicológico: el sistema no puede existir sin la represión de los impulsos primarios; esta represión origina los impulsos secundarios destructivos y antisociales; como estos no son funcionales para el sistema, han de ser asimismo inhibidos y esto genera, como hemos mencionado, una serie de síntomas. Si el sistema elimina las neurosis, deja de existir, así que se ve en la obligación de reducir de aquella manera los síntomas. Pero, como no da duros a pesetas, decide sacar provecho de la situación farragosa en la que se ha metido, fabricando enfermos crónicos que generan inmensos beneficios a la industria farmacéutica.

Además de la sanidad estatal, existe la sanidad privada, en la que encontramos centros médicos y consultas particulares que se rigen por la medicina convencional y profesionales que ofrecen terapias alternativas. Este mundo de las terapias alternativas es diverso, pero suele caer en el mismo error que la medicina convencional: su base errada, ya sea mecanicista o mística, las únicas posibles desde una estructura de carácter neurótico. Aun así, no podemos negar que sí hay médicos, psiquiatras y psicólogos que conocen el análisis del carácter y la orgonterapia. Sin embargo, dentro de lo privado no pueden conseguir gran cosa y la sanidad estatal no les permitiría ofrecer a los pacientes una terapia que vaya a la raíz.

Si el sistema capitalista provoca millones de neurosis (todos en la civilización desarrollamos una estructura de carácter neurótico), de poco sirve que haya unos pocos profesionales capaces de erradicarlas. En primer lugar, por una cuestión numérica, pero la segunda razón y mucho más importante es el elitismo que se crea dentro del ámbito privado, pues la gran mayoría (las clases menos pudientes, que son las más explotadas) no puede acceder a esa terapia que le ayudaría a vivir su vida de una manera saludable. La violencia, la depresión y todo tipo de traumas no son causados tan solo por la represión de los impulsos primarios, sino también por una situación económica extrema, por la enorme preocupación de perder el empleo o de que ni trabajando se pueda pagar el alquiler y alimentar a los hijos, por las amenazas de desahucio, etc. Precisamente Reich centró su investigación en la clase obrera. La clínica de Freud en la que desarrolló su labor durante unos años, el Ambulatorium de Viena, ofrecía sus servicios de manera gratuita. 

Pero aunque es necesario repetir algo así (y no estoy diciendo que los terapeutas no cobren, por supuesto, sino que su sustento no repercuta en quienes no pueden permitírselo, es decir, la gran mayoría), tampoco sería suficiente, pues por cada paciente curado se estarían creando en ese mismo momento miles de neurosis. Tampoco sirve para mucho (aunque no digo que no se haga) que haya pequeños núcleos en los que se puede dar a l@s niñ@s una crianza basada en la autorregulación, porque también se cae en el elitismo. 

El problema que tenemos es como el pez que se muerde la cola. Sin resolver los problemas económicos de la sociedad no podemos acabar con las neurosis, pero el  predominio del carácter neurótico impide hacer una revolución y, en el caso de que se pudiese, si se hace una revolución desde estructuras de carácter neurótico, la nueva sociedad reflejará esa estructura de carácter y habrá una regresión hacia formas autoritarias, tal como sucedió en la URSS. No estoy diciendo que debamos quedarnos de brazos cruzados o que debamos resignarnos. Tan solo planteo la tesitura en la que nos encontramos y advierto sobre la necesidad de hacer una revolución que no deje de lado el problema de la estructura de carácter, que es el principal. 

29/1/22

Las capas de la estructura del carácter


El texto que aparece a continuación pertenece al prólogo a la edición corregida y aumentada de Psicología de masas del fascismo, de Wilhelm Reich. Considero que sin un conocimiento profundo de la estructura del carácter en las sociedades del mundo civilizado, no puede tener lugar una transformación de raíz.

 

Un trabajo terapéutico vasto y concienzudo sobre el carácter humano me ha llevado a la convicción de que, al juzgar las reacciones humanas, debemos contar en principio con tres capas distintas de la estructura biopsíquica. Según lo expuesto en mi libro Análisis del carácter, estas capas de la estructura del carácter son sedimentos del desarrollo social que funcionan autónomamente. En la capa superficial de su personalidad el hombre medio es reservado, amable, compasivo, responsable, concienzudo. No existiría una tragedia social del animal humano si esta capa superficial de su personalidad estuviera en contacto inmediato con el núcleo natural profundo. Ahora bien: trágicamente, esto no es así; la capa superficial de la cooperación social no está en contacto con el núcleo biológico profundo del individuo; es soportada por una segunda, una capa intermedia del carácter, que se compone exclusivamente de impulsos crueles, sádicos, lascivos, rapaces y envidiosos. Representa el «inconsciente» o «lo reprimido» de Freud, la suma de todos los llamados «instintos secundarios» en el lenguaje de la economía sexual.

La biofísica orgónica logró comprender el inconsciente freudiano, lo antisocial en el hombre, como resultado secundario de la represión de impulsos biológicos primarios. Penetrando más profundamente a través de esta segunda capa de lo perverso hasta el fundamento biológico del animal humano, se descubre regularmente la tercera y más profunda capa, que llamamos el «núcleo biológico». En lo más hondo, en este núcleo, el hombre es en circunstancias sociales favorables un animal honrado, laborioso, cooperativo, amante o, si hay motivo para ello, un animal que odia racionalmente. Con todo, en ningún caso de relajación del carácter del hombre de hoy se puede avanzar hasta esta capa tan profunda, tan prometedora, sin antes eliminar la superficie inauténtica y, sólo en apariencia social. Caída la máscara de lo civilizado, no aparece primero la socialidad natural, sino sólo la capa sádico-perversa del carácter.

Esta desgraciada estructuración es la responsable de que todo impulso natural, social o libidinoso que quiera pasar del núcleo biológico a la acción deba atravesar la capa de los instintos perversos secundarios, y en esto se distorsiona. Esta distorsión modifica el carácter originariamente social de los impulsos naturales y los vuelve perversos, convirtiéndolos así en fuerzas que inhiben cualquier expresión genuina de vida.

[...]

En las ideas éticas y sociales del liberalismo reconocemos la representación de los rasgos de la capa superficial del carácter, que cuida del dominio de uno mismo y de la tolerancia. Este liberalismo acentúa su ética con el fin de refrenar al «monstruo en el hombre», nuestra segunda capa de los «instintos secundarios», el «inconsciente» de Freud. El liberal desconoce la socialidad natural de la capa más profunda, la tercera, la nuclear. Lamenta y combate la perversión del carácter humano mediante normas éticas, pero las catástrofes sociales del siglo XX demuestran que no ha llegado muy lejos en esta tarea.

Todo lo genuinamente revolucionario, todo arte y toda ciencia verdaderos provienen del núcleo biológico natural del hombre. Hasta ahora, no han ganado masas ni el auténtico revolucionario, ni el artista o el científico, ni las han conducido, o si lo han hecho, no han podido mantenerlas de modo duradero en el ámbito de los intereses vitales.

Muy distinta, y opuesta al liberalismo y a la verdadera revolución, es la situación del fascismo. En su naturaleza no están representadas la capa superficial ni la más profunda, sino esencialmente la segunda, la capa intermedia del carácter, la de los instintos secundarios.

27/1/22

"Por qué perdimos la guerra" - Conclusiones

Comparto aquí el apartado de “Conclusiones” del libro Por qué perdimos la guerra de Diego Abad de Santillán, que, como expliqué en el artículo donde lo recomendé, tiene cierto tono patriótico que no comparto. No obstante, hay que situar las palabras en su contexto, pues este patriotismo no se asemeja en nada al nacionalismo franquista. Se trata más bien de una alabanza del pueblo como tal, como gente no subyugada a ningún tipo de poder, que gestiona directamente los recursos. Se trata de un patriotismo surgido de la necesidad de defenderse de los intereses imperialistas de grandes potencias extranjeras  y que no busca subyugar a otros pueblos. No obstante, lo que interesa verdaderamente son los hechos acontecidos durante la guerra civil que causaron la derrota. (Los subrayados en color son míos):

 

Ha terminado la guerra española, gracias a la poderosa ayuda ítaloalemana prestada a nuestros enemigos, en hombres y en material bélico, y gracias también a la complacencia criminal de los llamados Gobiernos democráticos, autores de la farsa inicua de la no-intervención. Ha terminado la guerra española, pero el mundo, que nos aisló de toda posibilidad de lucha con pretextos fútiles y cálculos falsos, tiene ahora que pagar los platos rotos de la nueva hecatombe.

Burgueses y proletarios de todos los países estuvieron unidos en la cómoda interpretación de que nuestra guerra sólo a nosotros, beligerantes, nos incumbía. Cuando no cometieron el gravísimo delito de ayudar a nuestros enemigos —el paraíso del proletariado, Rusia, enviaba a Italia la nafta con que la aviación fascista nos bombardeaba, destruyendo ciudades y masacrando poblaciones civiles—, bloqueándonos a nosotros hasta hacernos sucumbir.

Francia e Inglaterra se encuentran por eso ante la realidad que les habíamos señalado tantas veces como inevitable. ¡No intervención o intervención unilateral a favor de los facciosos! Tal ha sido la posición ante la cual nos hemos estrellado.

El fracaso del fascismo en España era el primer peldaño del derrumbe del fascismo en Europa y en el mundo. Comprendemos la trágica situación de Inglaterra, que ha sostenido al fascismo italiano desde que comenzó a despuntar como instrumento liberticida, puesta ante la obligación, atendiendo al propio interés, de ayudar al antifascismo español. Los acontecimientos que estamos viviendo nos muestran que optó a favor de Italia y contra nuestra España, contra esa España a la que en 1808 creyó de su deber auxiliar en su lucha contra Napoleón, y lo hizo esta vez en propio daño.

Si en la presente contienda bélica salen airosos los aliados francobritánicos, habrán tenido que satisfacer, previamente, la deuda contraída con su actitud ante nuestra guerra. ¡No hay plazo que no se cumpla!

Terminó la lucha en España como no hubiéramos deseado que terminara, pero como habíamos previsto que terminaría si no se operaban determinados cambios en la dirección y en la política de la guerra: con una catástrofe militar —por derrumbamiento de los frentes y de la retaguardia— y con una bacanal sangrienta a costa de los vencidos. Dos libros informan sobre esa fase final: uno del coronel Segismundo Casado, The Last Days of Madrid, y el otro de J. García Pradas: Cómo terminó la guerra en España. Confirman ambos, punto por punto, desde su escenario de acción en la región del Centro, lo que nosotros hemos querido reflejar a través de lo observado en Cataluña.

La misma intervención funesta de los emisarios rusos y de sus aliados españoles, tan blandos y accesibles a la corrupción, los mismos crímenes contra el pueblo, la misma conspiración contra España, la misma descomposición moral por obra de una política que no tenía más alcances que el predominio de partido en el aparato de Estado.

De las tres causas que nosotros señalamos como causantes fundamentales de nuestra derrota: a) la política franco-británica de la no intervención… unilateral; b) la intervención rusa en nuestras cosas; c) la patología centralista del Gobierno ambulante de Madrid-Valencia-Barcelona-Figueras, sólo en este tercer aspecto señala nuestro relato una variante esencial.

Pero esos dos volúmenes sobre el final de nuestra guerra, nos eximen de referirnos a acontecimientos en los que no hemos tomado parte —y no por falta de deseo o de identificación con ellos— y de describir ambientes en los que no hemos vivido.

Nos consideramos ya fuera de combate por la derrota y por haber descubierto más de lo que convenía el velo de la clandestinidad en que se había desarrollado siempre nuestro movimiento. Por eso podemos hablar del pasado y sostener que, en lo sucesivo, cada cual cargará con la responsabilidad que le quepa en la tragedia de España. Nosotros hacemos bastante con cargar con la propia.

Representábamos la más vieja organización de tipo político-social de la España moderna. La Federación Anarquista Ibérica es la misma Alianza de la Democracia Socialista fundada en 1868 en Madrid y en Barcelona y extendida luego por toda la Península, incluso Portugal. Núcleo íntimo de propaganda, de organización obrera y de lucha, todavía sigue preocupando a los vencedores su liquidación, al comprobar por múltiples signos cotidianos que ni el terror ni los fusilamientos han logrado hacerlo desaparecer. El desenlace de la guerra ha puesto a muchos millares y millares de nosotros, vencidos, fuera de combate. Pero con nuestra exclusión no está asegurado el desarraigo de nuestro movimiento. Otros han ocupado ya el puesto de los caídos y de los supervivientes en el exilio, supervivientes que equivalen igualmente a bajas definitivas, porque una supervivencia fuera de nuestro clima geográfico, político y social equivale a la muerte. Para reanudar la historia española no hay más que un terreno propicio: ¡España!

A ese movimiento clandestino de recia contextura combativa y moral se debe la orientación, el desarrollo y la defensa de las organizaciones obreras revolucionarias de España, sus luchas heroicas, su resistencia inigualada a todos los métodos de la inquisición política de derechas y de izquierdas, sin interrupción desde la turbia época de Sagasta. ¡Cuántos negros períodos de amargura desde entonces! ¡Cuántas generaciones de militantes aplastadas en esa brega! Le tocó ahora a nuestra generación caer. Y ha caído en su ley. Por eso resurgirá, y está resurgiendo ya, la misma veta roja de nuestra historia y se continuará la batalla por la justicia. ¿Qué puede importar a nadie que no seamos ya soldados de esa cruzada?

La acción progresiva y justiciera de casi tres cuartos de siglo ha pesado considerablemente en el desarrollo de la moderna historia española. En más de una ocasión, frustrados los otros medios posibles, los de la propaganda y la presión sindical simple, fue preciso recurrir a procedimientos más enérgicos y expeditivos. Torturadores y verdugos del pueblo eran perseguidos siempre por la sombra de la acción vengadora anónima. Algunos hechos individuales de represalia y algunas insurrecciones armadas, las últimas, en diciembre y enero de 1933 y en octubre de 1934 contra la exótica República misma, y el funcionamiento invisible, pero permanente, de nuestros grupos dispersos en todos los ambientes, han hecho hablar mucho de nosotros, tejiendo una leyenda y un mito. Ese mito y esa leyenda se vio en Julio de 1936 que correspondían en buena parte a la realidad en ciertos aspectos.

Fuera de la cooperación apasionada del socialismo revolucionario madrileño, con el que compartimos el triunfo sobre la militarada en la capital de España, en el resto de las regiones donde los militares fueron derrotados, el esfuerzo fue casi exclusivamente nuestro. Y no se ha triunfado en toda España porque nuestra gente carecía de armamento y el Gobierno de la República había prevenido el 18 de julio a los Gobernadores civiles para que no entregasen armas al pueblo.

A fines de 1937 figuraban en nuestras filas 154.000 inscritos. Eran menos, es verdad, antes de la guerra, pero su influencia alcanzaba a millones de trabajadores industriales y de campesinos. Muchas veces partidos y organizaciones de izquierda se creían directores de acontecimientos de que no eran más que juguetes, dóciles a un ambiente que habíamos preparado para dar un paso más en la senda del progreso económico, político y social del país.

Hemos mencionado, por ejemplo, cuál ha sido la causa de que hayamos arrojado en 1933 del poder a las izquierdas, y cuáles fueron los motivos que, en febrero de 1936, nos movieron a devolvérselo.

Podemos ahora hablar de muchas cosas que nos atribuyen sin razón, y de las que no nos atribuyen, porque se ignora cuáles han sido sus fuentes y determinantes.

Ningún partido de los que se disputaban el Parlamento o el Gobierno tenía una organización tan sólida como la nuestra, ni tanta fuerza numérica y tanto arraigo en el pueblo, a cuyos intereses y aspiraciones hemos permanecido y permanecemos fieles. Por fidelidad a ese pueblo, que no a su Gobierno, hemos pretendido hasta la última hora entrar plenamente en juego, a nuestro modo, y no se nos ha consentido.

Nunca habíamos tenido contacto ni vinculaciones con ninguna otra fuerza organizada, fuera de la Confederación Nacional del Trabajo, nombre nuevo, que sólo data de 1911, de la vieja organización obrera sostenida desde 1869 por nuestro movimiento. Cuando estalló la guerra como resultado de nuestro triunfo sobre una serie de guarniciones del ejército sublevado, creímos necesario dar públicamente la cara y coordinar el máximo de voluntades en torno a la contienda que se iniciaba. Se nos acusa por algunos de haber pensado más en la guerra que en la revolución. No teníamos más posibilidades de instaurar y asegurar una nueva organización económica y social que triunfando en la guerra. ¿Dónde se quería que hiciésemos una revolución si el territorio estaba en manos del enemigo en su mayor parte? ¿Es que se hacen revoluciones sociales en las nubes? No hemos triunfado, hemos perdido el terreno sobre el cual una gran transformación económica y social era posible, porque obreros y burgueses de todos los países coincidieron en sofocarnos, cruzándose de brazos o trabajando para nuestros enemigos. Y la revolución que se esperaba en España, de acuerdo al clima y a la preparación del pueblo llamado a realizarla, no según cartabones dogmáticos de partido, fue liquidada por quién sabe cuántos años.

El balance de la contienda iniciada el 19 de julio de 1936 y terminada como verdadera guerra internacional de España contra las potencias militaristas más agresivas de Europa, en abril de 1939, no se puede olvidar ni menospreciar.

Sólo pueden acusarnos y pedirnos cuentas y aleccionarnos los que estén dispuestos a imitar aquella epopeya y a pagar por sus ideales el mismo precio que han pagado los revolucionarios españoles por los suyos. Hubo no menos de dos millones de muertos de ambos bandos, y hubo más de cien mil fusilados y asesinados en España después del triunfo fascista. Y se añaden a esas cifras un millón de prisioneros en los campos de concentración españoles y medio millón de refugiados en los campos de concentración de Francia y Norte de África, calculando en 60.000 la cifra de los que murieron en el éxodo y en el exilio de hambre, de frío y de tristeza.

Esas cifras dicen algo de la epopeya popular más grandiosa de los tiempos modernos. Ni siquiera la derrota disminuye su gloria y su trascendencia histórica. Esos cadáveres abonan la vitalidad de la España eterna, que resucitará de sus cenizas, más pujante e invencible que nunca.

El valeroso Gobierno de la victoria, hechura de Moscú, disponía en el extranjero de ingentes recursos financieros como para atender a las víctimas del éxodo gigantesco. Pero lo mismo que nosotros no hemos logrado en España, desde el Frente Popular, que se rindiese cuentas de la situación de nuestra hacienda, tampoco se logró en el extranjero, en la entelequia de la Diputación permanente de las Cortes, reunida en París, que los aprovechados atracadores del tesoro nacional, diesen la menor explicación de sus dilapidaciones.

Algo vino a saberse más allá de los círculos íntimos, por la separación ruidosa de Prieto y Negrín, cada uno de los cuales alegaba derechos a administrar el botín de la guerra en provecho propio y de sus amigos y cómplices. Pero la luz queda por hacer.

A la atribulación del fracaso, uno de cuyos factores fue la política de la intervención rusa en España, quizás ya en buen acuerdo con la Alemania hitleriana, se une para las grandes masas la comprobación del engaño en que han vivido y luchado y el descubrimiento de la catadura moral de los dirigentes y usufructuarios de nuestra guerra. El mito de la resistencia con pan o sin pan, con armas o sin ellas, era sólo la ambición de disfrutar después del desastre, solos, del botín logrado con nuestra derrota, que era su victoria.

Y con esos millones de la España despojada y escarnecida, se comprarán conciencias y plumas que, por encima de tanta tragedia y de tanta suciedad, elevarán a los afortunados un pedestal de héroes. También se quiere llegar a eso. Alguien ha escrito y nosotros esperamos que así sea: “Quieren pasar a la historia en mármoles y bronces y han de contentarse con un estercolero”.

Sólo queda un héroe para hoy y para siempre, mártir y puro: el pueblo español. No podremos estar en lo sucesivo a su lado más que con nuestra simpatía y nuestro cariño. Es la única grandeza ante la cual nos descubrimos con respeto. Sólo nos avergüenza y nos intriga el hecho de que hayan podido salir de ese gran pueblo tantos traidores, en nombre de los más opuestos ideales.

Casi tres siglos duró el aplastamiento del espíritu ibérico después de la derrota de los comuneros de Castilla y de los agermanados de Valencia por el emperador Carlos V, y de la liquidación de las libertades de Aragón por Felipe II. ¿Quién podía figurarse que nuestro pueblo estuviese todavía vivo en 1808? En aquella gesta gloriosa de seis años volvió España a entrar en la Historia. Pero en 1823, el tirano abyecto Fernando VII, creador de escuelas de tauromaquia, logró imponer de nuevo su despotismo sobre ríos de sangre y martirios infinitos. Desde aquella época hasta julio de 1936, entre guerras civiles, rebeliones populares y períodos de cansancio y de agotamiento, un intervalo de poco más de un siglo, ¿cuántos profetas anunciaron la muerte de España? En 1936 se mostró nuestro pueblo otra vez tal como es, heroico en la lucha y genial en la reconstrucción económica y social, recuperando en pocos meses de libertad el propio ritmo. La derrota de 1939 durará más o menos; pero sólo a costa del exterminio total del pueblo español podrá cambiar definitivamente el espíritu de ese gran pueblo y se logrará sofocar la esperanza de la nueva vida, de la nueva aurora.

Buenos Aires, 5 abril 1940.

 

Lamentablemente, esa derrota duró mucho más de lo que quizás esperaba Abad de Santillán cuando escribió su libro. De hecho, no solo el pueblo jamás se recuperó, sino que además ha perdido la conciencia de clase y ha sido engañado con ficciones de libertad, porque tras casi cuarenta años de aplastamiento brutal, le regalaron un poco menos de represión, y confundió la sensación de alivio con la verdadera libertad. Y la propaganda a la que llevamos sometidos, especialmente en el último lustro, ha sido el golpe definitivo. Se ha logrado que el pueblo se alinee con la ideología del Poder de dos maneras complementarias: 1) simulando el gobierno represivo ser representante de las ideas socialistas que nos liberarían de su yugo, pero desustanciándolas y presentándolas como pura palabrería hueca (selección léxica), consiguiendo así demonizarlas para que el pueblo las rechace; 2) presentándose los que abiertamente defienden el capitalismo, desde los neoliberales hasta los nostálgicos del franquismo (El Toro TV y todos los periódicos y medios digitales que han proliferado desde 2020), como la oposición rebelde al statu quo, lo cual es solo una fachada que, a pesar de ello, les ha funcionado.

Pero esto es algo que traspasa nuestras fronteras. Al pueblo residente en el Estado español se le aplastó de una manera determinada, y al pueblo residente en otros países, de otra, pues la clase dominante se va adaptando a las circunstancias específicas. No negaré que exista una idiosincrasia, pero bajo ella habita la condición de clase, que es adquirida por el contexto social, y, aún más importante, la condición humana, que a todos nos une. El origen de la represión y de la violencia, como ya he apuntado en otras ocasiones, está precisamente en la destrucción de la condición humana, ya desde la etapa intrauterina y a lo largo de la infancia, reforzando la estructura de carácter neurótico adquirida en los primeros siete años durante el resto de nuestras vidas. Esta destrucción se realiza a gran escala mediante el control del parto por parte del sistema sanitario, que provoca el trauma del nacimiento; la crianza irrespetuosa impuesta socialmente y ejercida dentro de la familia patriarcal que se nos ofrece como modelo (edipización, moldeamiento inconsciente del niño o la niña para que se someta al orden establecido; el niño bien educado es el sometido, el “maleducado” es el que no se somete); la extensión en el sistema educativo del proceso de sometimiento iniciado dentro de la familia patriarcal; la sustitución de los impulsos sexuales primarios por los secundarios, que comienza en la etapa infantil, pero que se ve fuertemente reforzada en la adolescencia a través de la cultura de masas y del tipo de sociedad en que vivimos; y, finalmente, en la vida adulta, el trabajo asalariado que nos despieza (utilizando el verbo que usa Casilda Rodrigáñez en sus libros) y el sistema económico que convierte nuestra vida en un sálvese quien pueda.