17/2/22
El pseudoanarquismo
13/2/22
El proceso personal en la lucha colectiva
El sistema se ha complejizado tanto que resulta difícil
describir los mecanismos en los que nos sumerge y los efectos que estos tienen en
nuestras vidas como individuos y como sociedad. En comunidades anteriores o
ajenas a la civilización, lo beneficioso para el individuo tiende a coincidir
con lo que es beneficioso para el conjunto social. Este hecho, que ya percibió
Kropotkin, parece ser apoyado por la biología[1].
Sin embargo, da la impresión de que la deriva que ha tomado la civilización es
profundamente antibiológica, pues parece que la meta consiste en que cada ser
humano se desconecte de sus funciones vitales[2]
y se identifique solo con ideas, para lo cual se fomenta el irracionalismo
causado por la impotencia orgástica[3]
a través de la política, que cada vez ejerce un mayor control sobre nosotros[4].
Nacemos y crecemos inmersos en la mentira, pero las formas
de esclavización han cambiado. Ya no hay una monarquía absoluta en la que la
clase dominada conoce muy bien cuál es su estatus ante el soberano, heredero de
la divinidad, y la clase privilegiada. Ahora, nos dicen, vivimos en una
democracia en la que todos somos iguales ante la ley y estamos amparados por
los derechos humanos universales. La movilidad entre clases sociales es
posible. La industria cultural se encarga de “recordarnos” que el que es pobre
es porque no se ha esforzado lo suficiente, como nos muestra la sensiblera
película protagonizada por Will Smith, En
busca de la felicidad, y que cualquiera puede lograr el éxito financiero y
profesional. Hay todo un nicho de mercado que se dedica a inculcar estas ideas
(libros, vídeos, páginas web, etc. del tipo “conviértete en millonario”, “tú
también puedes ser rico”, “cómo conseguí convertirme en un empresario de
éxito”...).
Esta es una de las nuevas formas que ha tomado el mito del
pecado original: si no llegas a fin de mes, si tus hijos llevan las zapatillas
rotas, si tienen que alimentarse con salchichas frankfurt en vez de con productos saludables, si te han despedido,
si no encuentras trabajo o lo tienes, pero está mal pagado, ES TU
CULPA, que no “te has movido” lo suficiente, o no confías en ti mismo, tienes
baja autoestima... Lo de fuera está bien, tiene, quizás, algunas imperfecciones
que podrás corregir cada cuatro años en las urnas o yendo a alguna
manifestación aprobada por la administración de turno. Pero si las cosas te van
mal, amigo, problema tuyo.
La idea de fracasado ha sustituido a la de pecador, pero la
dinámica detrás de ambas es la misma. Y, como los mecanismos de los que hablaba
al principio están totalmente normalizados, es decir, como las cadenas son
invisibles, nos cuesta llegar a darnos cuenta de lo que está pasando. Y, si
comenzamos a abrir los ojos, ya se encarga la propaganda política de desviarnos
de la verdad y ofrecernos algún chivo expiatorio que, además, les sirva para
alejarnos de posibles salidas[5].
Esto se logra mediante la manipulación, sobre todo lingüística, siendo la
selección léxica[6]
uno de los recursos más utilizados.
Precisamente la manera en que se ha complejizado el sistema
pertenece al ámbito del lenguaje. Todo empezó con el lenguaje (los textos
sagrados –la palabra de Dios- y las
leyes), convirtiendo mentiras en verdades y ocultando estas (lo que no se dice
no existe[7]).
Un ejemplo de verdad oculta es la naturaleza placentera del útero y, por el
contrario, la mentira es que los partos y las reglas son dolorosos por
naturaleza (es sorprendente cómo la industria médica es heredera de las ideas
religiosas, en este caso, la maldición bíblica de “parirás con dolor”). La
cantidad de mentiras y medias verdades ha llegado hasta tal punto que parece
que el primer paso revolucionario consiste en darse cuenta de las mismas, lo
cual forma parte de un proceso largo y no exento de dificultades. La verdad
está enterrada, o bien difusa, entre cientos y cientos de afirmaciones
pseudorrevolucionarias. Abundan cada vez más los grupos y movimientos de todo
tipo (místicos o prácticos) que fingen enfrentarse al sistema u ofrecer una
alternativa viable, cuando en realidad no hacen otra cosa más que retroalimentarlo.
Algunos de ellos tienen discursos con un gran porcentaje de verdad, que sirve
de anzuelo y, una vez que el individuo en proceso de salir del enredo de
mentiras ha picado, le insertan la mentira, sutil, casi inapreciable, pero lo
bastante potente como para “pescarlo” y entregárselo de nuevo al poder. Ya en
mi artículo acerca del desengaño comentaba que no hemos de sentirnos culpables
por haber participado en movimientos pseudorrevolucionarios, pues las
estrategias que emplean son muy convincentes. Estos errores forman parte de
nuestro proceso y nos sirven de aprendizaje.
Lo ideal sería que pudiéramos agruparnos y actuar dentro de
colectivos, pero las circunstancias han cambiado mucho desde los tiempos de la
Primera y la Segunda Internacional. Incluso organizaciones que en el pasado
tuvieron una fuerte influencia social (como el anarcosindicalismo en la
Península Ibérica, especialmente en Cataluña), han sido infiltradas y
dinamitadas ideológicamente desde adentro, y se han convertido en apéndices del
poder[8].
Individualmente, estamos más rotos y triturados que nunca y el proceso de
descubrir la verdad implica también un proceso de restablecimiento de la
libertad psíquica. La necesidad de pasar por este proceso personal no implica,
como algunos aseguran, un individualismo de tipo liberal, pues estando enfermos
(que así es como estamos todos en esta sociedad de la dominación), lo único que
podemos aportar a la humanidad es negativo (la plaga emocional de la que
hablaba Wilhelm Reich). Esto no significa que debamos mantenernos al margen de
la lucha social hasta estar completamente sanos, pero sí que debemos procurar
ser conscientes de cuál es nuestra estructura de carácter y de hasta qué punto
llega nuestra neurosis y cómo esta afecta a nuestro entorno y a todo el
colectivo social.
El gran problema del sistema es que lo tenemos interiorizado
y lo reproducimos de manera inconsciente, así que todo proceso revolucionario
implica un proceso personal de liberación de los patrones automáticos implantados y, en mi opinión,
ambos, el proceso personal y el social, son simbióticos y, por tanto, no se
excluyen entre sí. Ahora mismo estamos desperdigados, pero eso no debe hacernos
perder el enfoque colectivo de la lucha. Podemos (y es nuestra responsabilidad)
ir reflexionando sobre las estrategias más efectivas y, cuando sea posible,
poner en común nuestras conclusiones. Finalmente, cuando tengamos clara una
orientación básica, podremos emprender las acciones pertinentes. Mientras
tanto, nos toca actuar por separado.
[1]
Obviamente, me refiero a la biología real, no a la pseudocientífica que se ha
impuesto a la opinión pública, pues quien tiene el poder económico, controla
también el aparato mediático, el cultural y el educativo y académico.
[2] Al
comienzo de la civilización, esta desconexión de las funciones vitales era
provocada por el mito del pecado original, presente en varias religiones, que
inculcaba en el individuo un fuerte sentimiento de culpa y causaba una falsa
escisión entre cuerpo (sucio, raíz del mal) y alma (limpia, pura,
potencialmente conectada con la divinidad). Esta idea del pecado original ha
ido tomando otras formas a lo largo de la Historia, pero no ha desaparecido y
sigue determinando nuestros pensamientos, reacciones y comportamiento.
Recomiendo, como siempre, la obra de Casilda Rodrigáñez.
[3] En mi
artículo acerca de la represión sexual (en este blog), cito la definición de
este término reichiano.
[4] El
extremo de este control es la biopolítica de la que hablaba Foucault y que a
raíz de la farsa pandémica ha podido llevarse a cabo de manera masiva y eficaz.
[5] Por
ejemplo, un supuesto proyecto socialcomunista global. He escrito algún artículo
sobre la propaganda anticomunista.
[6] También
está explicado en un artículo en este blog.
[7] Hay
términos relativos a importantes descubrimientos científicos, como el orgón,
que no están en el diccionario ni abundan en textos académicos o divulgativos.
Solo los encontramos en los medios de comunicación para denigrarlos. Resulta
curioso que sean los voceros de la pseudociencia al servicio de la economía
quienes tienen la tarea de decirle al gran público lo que es pseudociencia y lo
que es “ciencia seria”.
[8] Si me es
posible, ya que estoy publicando los últimos meses desde el teléfono, pues
decidí darme de baja de Internet de casa y tengo una tarifa de datos más bien
reducida por decisión propia (por eso no os enlazo los artículos que voy
citando), compartiré un interesante artículo de Paul Cudenec acerca de esto.
8/2/22
8-II-2022
7/2/22
La adaptación social requiere una estructura de carácter rígida
Nos han hecho creer que la Historia de la humanidad comienza
en el s. IV a.C. con la escritura. Antes de ese momento, lo que había era
Prehistoria, es decir, algo previo a la Historia y sin ninguna importancia
social ni cultural. Según esta visión hegemónica, el hombre no era ni siquiera
un hombre al cien por cien, sino un salvaje con taparrabos que solo borboteaba
sonidos. Un ser con poca inteligencia, incapaz de ningún logro. Sin embargo,
las excavaciones arqueológicas demuestran que esta perspectiva está totalmente
errada. El proyecto divulgativo Suarra ofrece
un interesante resumen, del cual extraigo este fragmento:
“Las evidencias arqueológicas desenterradas en los
yacimientos preindoeuropeos nos muestran como miles de años antes de que
surgieran las vanagloriadas civilizaciones griega y romana, ya existían en
Europa culturas con un alto nivel de desarrollo técnico (navegación a vela, uso
extendido del telar, sistemas de irrigación, escritura pictórica, abundante
producción artística...) pero que no necesitaban ni de ejércitos ni de esclavos
para sostener su modo de vida”.
Tanto Suarra como algunos libros de Casilda Rodrigáñez y
Wilhelm Reich explican el origen de lo que llamamos civilización, que nada
tiene que ver con la evolución natural de la sociedad, sino que fue diseñada
mediante la violencia combinada con la manipulación durante un largo proceso
hasta lograr hacer olvidar al ser humano su naturaleza y su pasado. Pero, como
la Historia la escriben[1]
los vencedores, pues controlan el aparato cultural, se nos hace creer que el
hombre civilizado ha creado una sociedad mucho mejor que la de sus antepasados
del Neolítico. También se nos dice que las guerras siempre han existido, pues
la violencia es algo natural, innato en el ser humano, y que el origen de la
misma está en su “parte animal”, que debe controlar. Pero ya hemos visto que la arqueología echa
por tierra esta idea. Y no solo ella: la psicología, la antropología, la
biología y otras disciplinas han puesto de manifiesto asimismo la naturaleza
del hombre -y de todo ser vivo- basada en la cooperación y en el principio de
placer (no individualista, como explican Rodrigáñez, Kropotkin, Margulis...).
La depredación existe, es innegable, pero como un elemento más del equilibrio
natural. Lo que no nos cuentan quienes dominan la cultura y la divulgación
científica es que los miembros de una especie animal no se matan entre ellos,
sino que buscan todo lo contrario: la conservación y perpetuación de la misma.
Se sabe, entonces, que existieron culturas prósperas en las
que no existían la guerra ni la dominación, que la violencia es un producto
social y no biológico y que las sociedades libres han tenido una duración mucho
más larga que los seis mil años que llevamos de civilización patriarcal[2].
Esta ha ido modificando sus formas para adaptarse a las circunstancias
concretas de cada época, pero sus objetivos y métodos empleados son
sustancialmente los mismos desde sus comienzos.
Sabemos, también, que para que dicha civilización exista es
necesario crear una estructura de carácter específica en los individuos, lo cual se
lleva a cabo desde la etapa intrauterina hasta los 7 años, con constantes
refuerzos a lo largo de toda la vida y, especialmente, en la adolescencia. La familia patriarcal es la correa de
transmisión entre el Estado y el niño o la niña que son preparados para “vivir”
en esta sociedad. En las últimas décadas, se toleran nuevos modelos de familia,
pero se insiste en patriarcalizar a las madres solteras o divorciadas para que
sus hijos reciban la misma educación represiva que en familias tradicionales,
hoy ejercida a través del chantaje emocional y la manipulación sutil.
El eneagrama (el de verdad y no las versiones edulcoradas
que abundan por Internet) explica el origen de cada estructura de carácter
(eneatipo) según la etapa del desarrollo sexual del niño que se vio más
alterada. Resulta curioso descubrir que los caracteres más rígidos (eneatipos
1, 2, 7 y 8) son los que mejor se adaptan a la sociedad y los que obtienen
mayor éxito profesional (quizás el 7 sea un caso excepcional en este sentido, a causa de su búsqueda de nuevos estímulos, que seguramente le lleva a huir de la estabilidad laboral). En cambio, los caracteres pregenitales (especialmente
el oral (eneatipo 4) y el masoquista (eneatipo 9)), que no han podido
desarrollar rigidez, tienen una peor autoestima y grandes dificultades para
adaptarse a la forma de vida que les viene impuesta (el 9 no tanto, por su actitud resignada). Me atrevo a afirmar que es
entre estos caracteres menos rígidos en los que más abunda el prototipo de
fracasado laboral y social, aunque estoy generalizando y también influyen el subtipo, el temperamento, que sí es innato, y la propia historia personal.
Es cierto que los eneatipos de carácter rígido han podido
arraigarse y tienen una actitud más segura ante el mundo, según explica Alexander
Lowen (El lenguaje del cuerpo), pero
el precio que tienen que pagar para estar mejor adaptados socialmente es muy
alto, ya que supone la desconexión con sus propias necesidades emocionales.
Esta desconexión les provoca una ansiedad o un sentimiento de vacío cuyo origen
no comprenden y, además, la autorrepresión inconsciente de sus emociones (en el
eneatipo 1 sobre todo) puede llevarles no solo a tensiones musculares crónicas,
sino a una depresión. Los caracteres rígidos suelen adaptarse bien a la
sociedad y obtener cierta estabilidad laboral, pero vivirán en constante
insatisfacción de la que intentarán escapar de maneras distintas según cada
eneatipo[3].
Los caracteres menos rígidos, en cambio, tienen serias
dificultades para enfrentarse al mundo. El arraigamiento no se ha podido
desarrollar en ellos. Este resulta necesario e importante para desenvolverse en
una sociedad sana. No ocurre lo mismo con la rigidez, como estamos diciendo,
pues solo se da en una sociedad, como la nuestra, basada en la dominación, en
la que hay vencedores y vencidos, en la que la empatía, la cooperación y el
amor son obstáculos para tener éxito en el ámbito profesional y en las
relaciones sociales y “amorosas”[4].
A las personas con estos eneatipos solo les quedan tres opciones: o hacer
inmensos esfuerzos por adaptarse, resultando triturado su ser; o permanecer en
su mecanismo de defensa (la huida, la abulia, la resignación...); o,
finalmente, comenzar a hacerse preguntas sobre el porqué de su situación en
esta sociedad. No hallarán ninguna solución mágica, pues la tarea de sustituir
la civilización basada en la dominación por formas sociales y económicas
basadas, en cambio, en las relaciones naturales y en lo que Reich llamaba
democracia laboral no depende de algunos individuos aislados. Pero, al menos,
tendrán una mejor comprensión del contexto social e histórico en el que nos ha
tocado vivir y, tal vez, en algún momento puedan, junto con el resto de sus
congéneres, emprender la mencionada tarea. Por supuesto, esta tercera posibilidad se extiende a cualquier persona, tenga el eneatipo que tenga.
[1]
Precisamente, la Historia comienza con la escritura, pues fue empleada por la
clase dominante como instrumento de manipulación de las masas (utilizo este
nombre sin connotación despectiva). Mencioné este tema por encima en mi
artículo “La trampa de la ley natural”.
[2] Es
importante tener clara la definición de “patriarcado”, pues no es la que nos
llega desde el pseudofeminismo que controla el aparato mediático, político y
cultural. Para una mejor comprensión del término, remito una vez más a la obra
de Casilda Rodrigáñez.
[3] Hasta el
momento, la información que me parece más fiable sobre el eneagrama es el libro
de Claudio Naranjo, Carácter y neurosis; el
de Juan José Albert, Ternura y
agresividad y la web y vídeos de Jordi Pons, que ofrece un buen resumen de
dichos libros y que recomiendo para quien quiera introducirse en el tema de
forma amena.
[4] Lo que
se conoce en nuestra sociedad como amor se basa en formas neuróticas que nada
tienen que ver con el mismo, pues los impulsos amorosos de la gran mayoría fueron
suprimidos en la primera infancia y sustituidos por los impulsos secundarios,
incapacitando así al individuo para la entrega amorosa.