3/1/15

La llave y el pirata

Oh mar enredado, es tiempo de callar. La noche aún está ciega y el faro oculta, impasible, la luz de las estrellas. 
Observa, mar, el viento está varado y el pirata no ha encontrado su tesoro. Camina, sin saberlo, por laberintos de bruma, aunque hace demasiados inviernos que desistió de la búsqueda. 
Pero hay en el cofre una llave destinada solo a él; llave que, con su canto, mueve sus pies y ahuyenta a los cuervos.
En medio de la quietud galoparon mis latidos. La bestia marina surgió y, con su expresión soberbia, amenazó con devorar el fruto de mis ruegos. Si supiera que en la sima abisal una ninfa teje sin cesar el invisible camino a la llave.
Oh, mi mar enredado. Es tiempo de callar. Los esbirros de la bestia nos zarandearon, fuimos abocados al naufragio. Mas, ¿cuánto duró el gélido desierto? ¿No acudió presto el sol en nuestra ayuda? ¿No hace tiempo que cantan las golondrinas?
Persiste, pequeño mar.
No duermas, que es nuestra esperanza la que da fuerza a las manos de la ninfa. 

23/12/14

Extrañas imágenes acuden, incomprensibles, o que quizás no quiero comprender. Nos golpea la realidad de lo que somos, de lo que a veces hemos sido. Y no hacemos caso a la caricia compasiva que borra nuestro pasado una y otra vez.

Salpica esta sensación a mi recuerdo. Me lleva a preguntarme si quizás fue siempre nada, si las líneas casi por completo desdibujadas se pintaron sobre una bolsa de plástico con los restos de la envenenada lumbre.

¿De dónde viene entonces ese olor a gaviota y espuma? No quiere visitar la infinitud a mi corazón, sino ecos de un diamante en cuya búsqueda fracasé. Diamante que me desvela de mi innecesario descanso.

Pero el frío acecha. Y mi falso yo solo quiere lanzar el diamante al mar para que lo engullan las olas, y devolverme en su lugar cenizas, para confirmar su pasada inexistencia. Al mismo tiempo el albo abrazo del presente enciende la caverna de mi pecho, y amanece a fuego lento la verdad, a la que aún no puedo contemplar cara a cara.

3/12/14

El antisilencio


Donde hay antisilencio no hay emociones, porque se anestesia el pecho. Brillan, vibran en mi espacio, y cuando traspaso el umbral de la puerta, callan, quedan encerradas -o tal vez fuera-. Y ya no hay vacío, ni dolor. Solo una ruda indiferencia. Solo crítica. Cuando atravieso esa puerta, ¿dónde quedo yo? ¿Qué, quién soy yo?

¿Acaso soy también yo la rudeza? ¿Está en mí o me ha poseído? Hay algo, un aire tóxico, una marea negra. El antisilencio. El antisilencio que parece posarse sutilmente sobre mi cabeza, sobre mis hombros, y penetra en mis oídos y en mi alma, y se come la poesía, y bebe mis lágrimas. Y quedan los ojos huecos.

¿Cómo librarme del antisilencio? Llena mi estómago mientras vacía mi ser. Y si salgo de sus paredes, me encontrará el jinete que porta el caos y robará definitivamente mi alma, impidiéndome para siempre crear.

No soporto tener tantas estrellas danzando en mí y no poder proyectarlas en el negro lienzo. No soporto esta luz artificial. No soporto este antisilencio.

24/11/14

20/11/2014

 Te veía siempre en ese banco. Tu barba encanecida, tus hombros caídos junto a la gastada mochila, compañera fiel. Y despertabas la sal de mi, no hace mucho, recuperado corazón, al acariciar tras las rejas el brillo de tu mirada, constantemente amenazada, como amenaza también esta luz artificial a las estrellas.
Me hacías pensar en ese genio, que tenía por amigo un burrito y que prefirió soltar las hojas verdes de su alma antes de tiempo a convertirse en el abeto de plástico que adorna solitario extensas salas.
Yo le rogué a la negra noche que navegase hasta ti, y te arropara, y proyectase para ti la danza de las estrellas, de modo que tanta belleza avivase al duende de tu pecho, y después, al clarear el día, fuese esta calle, esta ciudad... rociada por el regalo que te hizo el firmamento.
Hace un rato pasé junto al banco. No estabas. Y desde la calidez de mi cama me pregunto si la noche habrá respondido a mis súplicas o si, en cambio, la luz de plástico te habrá convertido en cenizas.

Antes de vencerme el sueño, veo titilar, a través del tragaluz, una verde estrella.

31/10/14

Vuela mi mente con esta mariposa. Mariposa repentina, más bien intermitente. Permanente su estela. Y el río hecho piedra en mis entrañas que no puede fluir, preguntándome por qué. Por qué no puedo ser yo mariposa y estar en ti con mi estela. Rutina.
Me encierro-y me entierro- en la rutina, y enredo mi mente para mantener los ojos atados, no sea que me distraigan las estelas y la piedra se convierta en plomo. Y aunque evito el espejo, estos susurros a mi diestra me devuelven un esperpéntico reflejo, que sabiendo que no es real, me ata con más fuerza al suelo.
Y luego vienen los hechos, ¿hay algo más real? Para mi yo crédulo son verdad irrefutable, pero ¿y si Unamuno tenía razón y sólo es real lo eterno? ¿Qué hay de eterno en mí? ¿Lo has visto tú? ¿Es estela o podredumbre?
Contradicciones, sí. Y certezas. La certeza de que dentro de mí hay río de piedra que emana hiel que te salpicó, que te agujereó, que destruyó la única posibilidad de ser para ti mariposa.

Y un yo acepta la “realidad” y continúa abrazando la rutina, pero otro silencioso como el brillo de una estrella me habla de un secreto manantial que tal vez pudo ir humedeciendo tu alma, y me muestra imágenes de primavera. Y entonces no sé si permitir que la mar derrita esta piedra o mirar el reloj y fundirme con el asfalto.