Julia dirigió su mirada a la encimera de la cocina, a la que
llegaba algo de luz del salón. Desde allí podía ver el taco de madera en el que
reposaban los cuchillos. Después, avanzó con sigilo hacia el sofá. Escuchó un
golpe producido por el gato, que debía de haber tirado algún objeto al saltar
desde la estantería. Leandro no se despertó. Se había quedado dormido en el sofá
con el traje puesto.
La mujer giró la cabeza hacia la puerta de la cocina y
observó de nuevo los cuchillos. Sería tan fácil, pensó. Pero no se
atrevía a moverse. En solo unos instantes, regresaron a su mente todas las
imágenes que la habían estado perturbando durante los últimos meses. Todas las
noches tenía pesadillas en las que revivía la desesperación de los ancianos, el
olor de los que habían fallecido sin que nadie hiciese nada, la impotencia
de sus compañeras y la suya ante la falta de recursos y de atención por parte
de la directora... Finalmente, decidió dejar el trabajo donde había permanecido
casi veinte años. Aunque ya había pasado lo peor, se sentía incapaz de atender
a los ancianos en esas condiciones. No soportaba ver su tristeza. ¿Para qué
voy a seguir viviendo si no puedo besar a mis nietos?, le decía Matilde.
Julia entonces tenía que reprimir la necesidad de consolarla con un abrazo y,
tras darle la merienda, se encerraba en el baño a llorar.

La vida en la residencia nunca había sido fácil. Julia comprendía
que algunos familiares se veían incapaces de cuidar a sus mayores, entre el
trabajo y el desconocimiento, pero otros ancianos jamás recibían visitas.
Matilde, que hasta aquella fatídica primavera había sido muy vivaracha, les
cantaba romances y coplillas y conseguía que todos acabasen riendo, incluso Jacinto,
cuya mujer y el único hijo que tenían ya habían muerto.
También les contaba Matilde cómo fue su infancia en aquel pueblecito
de Extremadura. Allí los ancianos, con o sin parientes, siempre tenían a
alguien que les cuidara, ya que todos los vecinos eran como una gran familia.
Ojalá las cosas fueran ahora como en aquel entonces, se
dijo Julia, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Y, entonces, al oír
la respiración de Leandro, le inundó de nuevo la rabia. ¿Cómo iban a recuperar
la alegría del pasado con tipos como ese? Le había costado creerlo al
principio, pero las pruebas estaban ahí. En todos los hospitales había pasado
lo mismo.
Las piernas le temblaban tanto que decidió sentarse. Se
apercibió de que estaba en la misma silla donde se había sentado cuando
tuvo la entrevista de trabajo para cuidar a Rosa, la madre de Leandro. No
entendía cómo una señora tan entrañable podía tener un hijo así.
Tras solo dos meses en su nuevo empleo, Julia empezó a
descubrir las maquinaciones en las que estaba implicado Leandro. Al principio, escuchaba fragmentos de conversación
que el hombre mantenía por teléfono, quizás dando por sentado que tanto su
madre como ella estaban dormidas. Después, descubrió algunos documentos que
corroboraban sus sospechas. No quería creerlo, pero las pistas la llevaban a
esa terrible verdad. Para asegurarse aún más, pidió ayuda a su hermano, que trabajaba
en una empresa de seguridad informática. Sustraer el portátil de Leandro no fue
tarea sencilla, menos aún teniendo en cuenta que Julia nunca había hecho algo
así, pero le pudo la preocupación por lo que probablemente estaba pasando. Así
que le llevó el ordenador a su hermano, quien, tras hacer unas pesquisas, le
confirmó que Leandro había recibido una importante suma de dinero para activar
un protocolo determinado en el hospital que dirigía. La mujer devolvió el portátil
a su lugar en el escritorio media hora antes de que Leandro regresase a casa.
Lo que les había parecido extraño a Julia y a su hermano era
que, por lo que habían explicado en los medios de comunicación, ese mismo
protocolo se había aplicado en todos los centros hospitalarios del país. Entonces,
siguieron investigando y descubrieron que algunos directores de hospital habían
sido despedidos por negarse a cumplir las exigencias que venían del Ministerio
de Sanidad, pues las medidas no solo no mejoraron la situación de los pacientes
durante la crisis sanitaria de aquella primavera, sino que, además, causaron la
muerte a muchos de ellos.
Julia seguía sin creérselo del todo. Y solo aceptó la
realidad en su fuero interno cuando su hermano logró contactar con el exdirector
de un hospital de Madrid, quien les contó con detalle cómo tales protocolos
afectaban la salud de los enfermos. Como no podía ser de otro modo, han
incinerado las pruebas, finalizó.
Aquella tarde, mientras volvía al trabajo, se esforzaba por recuperar
la compostura. No podía permitir que Leandro se diese cuenta de la información
que había descubierto.
A partir de ese día, Julia se centró en Rosa e intentó no darle
demasiadas vueltas al asunto. ¿Qué podía hacer ella, si el propio Ministerio
estaba implicado? Su hermano le envió algunas declaraciones anónimas de
enfermeros y otros sanitarios, pero no siempre las escuchaba, porque, cuando lo
hacía, una mezcla de rabia y tristeza se apoderaba de ella, y Rosa la
necesitaba. No podía cuidarla en condiciones si las emociones la derrumbaban
hasta ese extremo, pues ya no se trataba solo de la angustia vivida en la
residencia; ahora sabía que las muertes de muchas personas tenían culpables.
Julia inspiró profundamente, pero las piernas seguían
temblándole y notaba sus manos sudorosas. Con dificultad, logró ponerse en pie
y posó su mano en el mango de uno de los cuchillos. Miró a Leandro, que seguía
durmiendo a pierna suelta en el sofá. Los sonidos se agudizaron: el latido de
su pecho, sus jadeos, el rechinar de sus dientes. Comenzó a sacar el cuchillo
de la ranura. La rabia que sentía aumentaba por momentos, pero vio en la
encimera el tazón en el que Rosa tomaba el caldo y recordó cuando, la tarde
anterior, Leandro alimentaba a su madre, que sonreía con dulzura al hijo. Soltó
lentamente el cuchillo y se quedó unos segundos de pie. Se preguntaba cómo era
posible que Leandro, a pesar de ser cómplice de la muerte de inocentes, tratase, en cambio, con tanto mimo a Rosa.
Julia volvió a la habitación que ocupaba en la casa, se
acostó y resopló. La anciana no merecía tanto dolor. Solo espero que algún
día se haga justicia y que nunca se vuelva a repetir algo así, se dijo e intentó,
sin éxito, quedarse dormida.