3/7/20
Soy agua
7/6/20
Renacer
Huyen las ondas ante mis ojos. Y ni el temor de que no
vuelvan y acabe el río siendo un desierto hace que pueda liberar mis manos.
Solo cuando termina el presente, entiendo mi fracaso.
Recuerdo entonces que me devoré a mí misma sin saber cómo.
Golpeo el acero desde adentro. Grito y solo me oigo yo. Me
oigo amplificada, con lentitud. Cada parte de cada frecuencia. Y no puedo hacer
nada.
La máscara me consume, me silencia, me sonríe con desdén,
sabiendo que, una vez más, ha ganado la partida.
Solo queda liberar los ríos de mi propia alma callada. Solo
así la permite hablar.
Me ha robado las manos, las cuerdas vocales y casi, casi ha
pulverizado el corazón.
Qué me queda.
Queriendo protegerme, me condena al dolor más absoluto.
Si encontrase las palabras exactas para convencerla, si solo
me dejase libre unos instantes para demostrarle su error.
Ha olvidado que nació de mi anhelo de volar aun sabiendo que
acabaría convertida en cenizas, en el fondo del precipicio, junto al mar.
Ha olvidado que del polvo surge la vida. Que hay otras voces
y que las sombras las determina el Sol.
Ha olvidado y yo seguiré susurrando con la fuerza de las
olas que se funden con la roca.
Tú has olvidado. Yo te recordaré.
6/6/20
"Diez planetas", de Yuri Herrera
1/6/20
La plaza del distrito F. Capítulo 1
Cada vez que Estrella veía esa plaza, se intensificaba la sensación,
una especie de zumbido que subía del estómago al pecho y que la acompañaba
durante todo el día. No era un lugar emblemático de la ciudad. Un poco de
césped y algunos bancos que solo usaban los empleados de la zona para comer rápidamente
su almuerzo eran los elementos más destacables.
En ese momento, un hombre daba los últimos bocados a su
sándwich mientras la voz del reloj le advertía del tiempo restante para volver
al trabajo. Como todos los residentes del distrito F, llevaba un uniforme azul.
No pasaba a menudo por allí, ya que ella vivía en el C y no era frecuente que
los ciudadanos saliesen de su distrito, salvo por cuestiones de trabajo.
Estrella solía respetar las costumbres, sobre todo porque
nunca se había planteado la necesidad de no hacerlo. Tampoco conocía a nadie
que las incumpliese. Sí que se escuchaban rumores de personas que habían desaparecido
de un día para otro por incurrir en un comportamiento incívico. Algunos decían
que los llevaban a un distrito especial, accesible solo para las autoridades.
Pero bien podría ser una leyenda.
Tenía amistad con algunos Agentes del Bienestar, el grupo encargado
de proteger la ciudad, y nunca habían oído hablar de ello. Los jubilados
tienen demasiado tiempo libre y por eso se inventan historias, le decía Jaime,
uno de sus amigos.
El reloj de Estrella sonó de repente. Se había distraído
observando al trabajador de azul y tenía que regresar a la oficina en veinte
minutos. Al principio, se regañó a sí misma, pero al instante se justificó: el
uniforme azul le recordaba mucho a su padre. Además, esa plaza le producía un
ensimismamiento incomprensible.
En su memoria, no había escenas importantes vividas en ese
lugar. Era una plaza más, no muy diferente a otras de la ciudad. Mientras volvía
a la oficina, seguía pensando en su padre. A pesar de los veinte años pasados
desde su muerte, se acordaba con claridad de sus rasgos amables y su voz. No
podía decir que su vida presente fuese desagradable, pero sabía que la felicidad
de aquella época no volvería nunca.
No solo su vida, sino la de toda la ciudad había cambiado en
ese tiempo. Cuando era pequeña, no existían los distritos. Muchos domingos,
iban a visitar a amigos que vivían a bastante distancia de su casa. Le gustaba
porque había un parque cerca donde se juntaban muchos niños para jugar.
Pero, ahora, apenas se oían esas alegres voces. Quizás se debiera a que no había tantos niños. O a que las costumbres eran
diferentes. No obstante, las personas eran felices, solo que se trataba de una
felicidad diferente. Se habían adaptado a los tiempos.
