16/12/21

La trampa de la ley natural

Desde que comenzó el montaje pandémico, se ha propuesto en algunos medios alternativos la ley natural como una herramienta para la liberación de las garras del sistema. No es mi cometido en esta breve reflexión juzgar su eficacia en situaciones específicas, sino que lo que pretendo es mostrar el error y ocultamiento en el que, a sabiendas o no, se está cayendo.

La clave está en el adjetivo ‘natural’. Una vez más, nos encontramos con la manipulación más frecuente: la lingüística. En este caso, no diría que se trata de selección léxica, recurso que sí que se utiliza en palabras como comunismo, a las que se despoja de su significado real para asociarlas con un contenido simplista y visceral ajeno a la realidad que verdaderamente denotan[1]. Lo que se intenta aquí es hacer pasar por natural algo que no lo es, sino que ha sido creado por el sistema de dominación; se trata, por tanto, de algo artificial.

Además, si vamos un poco más allá, podríamos incluso afirmar que el sintagma ‘ley natural’ es un oxímoron, pues lo natural en los seres humanos es la autorregulación, y antes de quebrarla (deliberadamente) para fabricar esclavos y guerreros al servicio de la realización de los patrimonios, los seres humanos no se organizaban en torno a ninguna ley, sino a sus propios impulsos libidinales.

La simbiosis y la asociación de las formas de vida es la definición misma de la vida. Lo que dijo Kropotkin hace muchos años, hoy la biología celular, la microbiología y la genética lo han confirmado.[2]

La ley se introduce justamente para llevar a cabo la represión de la libido. Y, junto a esta, se crean las religiones y mitos patriarcales, un gran aparato propagandístico para facilitar la tarea a través del control de la psique. Una de estas religiones es la cristiana. La autoridad máxima de la misma es Jehová, quien entregó a Moisés las Tablas de la Ley con los Diez Mandamientos que el pueblo hebreo debía cumplir. Casilda Rodrigáñez ha dedicado parte de su obra a explicar el sentido de leyes como esta, el Código de Hammurabi, etc. y su estrecha relación con la represión de la sexualidad, el matricidio y el sometimiento de las criaturas humanas. La ley, el mismo concepto de ley, tiene la función, entonces, de lograr el desarrollo de la coraza neuromuscular (Wilhelm Reich) en los seres humanos para primero instaurar y después perpetuar el sistema de dominación, el mismo sistema de dominación que hoy ha tomado la forma de dictadura sanitaria, el mismo sistema de dominación protegido por las leyes constitucionales de los distintos estados y el mismo defendido por los derechistas que se han apropiado de la oposición a la farsa pandémica.[3]

Los divulgadores de la ley natural nos cuentan que esta herramienta está basada en la Biblia y en los Diez Mandamientos y que un ateo no puede usarla para defenderse, porque esta ley emana de Dios y, para que sea efectiva, hay que declararse su hijo. El autor de la creación, según esta perspectiva, es el que decide, puesto que lo ha creado, por qué reglas ha de regirse el hombre. Es evidente que algunos de los postulados de la ley natural coinciden con las características de la autorregulación y la organización (ella sí) natural de los seres humanos, pero precisamente aquí radica la trampa: en mezclar y confundir los términos para ocultar nuestra verdadera naturaleza, nuestros orígenes. Igual que el mito de la expulsión del Edén a causa del pecado original oculta la existencia real del Paraíso, no como lugar, sino estado psíquico y social de los seres humanos antes de la dominación, y oculta asimismo la represión (la “mala” es la serpiente, que simboliza la sexualidad femenina reprimida), también el hecho de presentárnosla como natural nos oculta el origen de la ley, que conllevó la destrucción de la libre organización de las criaturas humanas, la ruptura de su vitalidad, el matricidio, la expoliación, la división de la sociedad en clases sociales...

Es como si incendian un bosque y luego dicen que nunca hubo otra cosa más que el desierto, y nos borran de la memoria el bosque y el incendio devastador. Por eso siempre ha habido una mitología de los orígenes, para ocultar los paraísos perdidos y establecer la guerra y el fratricidio y el Poder como consustanciales a la condición humana. Así construyen la Realidad.[4]



[1] Los propagandistas del capitalismo, para proteger el sistema que les ofrece privilegios, se han encargado durante mucho tiempo de acusar al comunismo precisamente de aquello que provoca el sistema capitalista: pobreza, hambre, control... Como es obvio, pues no están hablando del significado real de la palabra, tampoco hacen distinciones entre marxismo, estalinismo, anarcocomunismo, socialismo utópico, socialismo científico... Eso llevaría a las personas a investigar sobre las distintas corrientes, los distintos autores, y entonces saldrían de las emociones de miedo y odio que los propagandistas buscan causar en sus oyentes/lectores.

[2] El asalto al Hades, Casilda Rodrigáñez. Los medios de comunicación, también propagandistas del capitalismo, siguen difundiendo los mismos dogmas de herencia liberal que se impusieron en el siglo XIX, a pesar de que ya han sido superados.

[3] El blog www.endefensadelahumanidad.blogspot.com ha dedicado varios artículos a desmontar a esta falsa disidencia derechista que ha copado los espacios contrainformativos.

[4] El asalto al Hades, Casilda Rodrigáñez.

3/12/21

El desengaño: un gran aliado

El tiempo, las experiencias, el conocimiento o una mezcla de todos estos factores te acaba llevando al desengaño total, pues quizás ya vivías desengañado en algunos aspectos, quizás ya eras consciente de algunos elementos que fallaban en este sistema, o incluso de que todo el sistema no es más que un despropósito, una destrucción deliberada de la vida, de la cordura, del equilibrio. Pero analizaste posibles soluciones y es probable que te embarcaras en algún proyecto o movimiento revolucionario con la idea de sentar las bases para una nueva sociedad que retomase los pilares de las sociedades naturales antiguas, derruidos por aquellos que solo buscan vivir de la dominación, de la extracción sin fin, de la esclavitud en todas sus formas.

Y lo que sucedió es que, una vez más, le viste las orejas al lobo, primero; y después ya el hocico, los ojos... todo el cuerpo. Quizás no es esta la mejor analogía, qué culpa tendrá el pobre lobo de que el ser humano ya no sepa convivir con él. A este respecto, es interesante descubrir cómo fue el tránsito de las sociedades matrísticas (el concepto “matriarcal” no es del todo exacto, como explica Casilda Rodrigáñez) a la sociedad patriarcal que trajeron las invasiones indoeuropeas[1]. Un tránsito no provocado por un proceso o evolución natural. Parece que las comunidades matrísticas fueron primero cazadoras-recolectoras y, más adelante, se hicieron sedentarias y se dedicaron también a cultivar la tierra. En cambio, los indoeuropeos eran pueblos nómadas que pronto comenzaron a domesticar animales, convirtiéndose en pastores. Parece que esta domesticación les sirvió como ensayo para instaurar el sistema de dominación a través de la represión de la sexualidad femenina, de la que es parte el deseo materno, y, en consecuencia, de la represión de las criaturas humanas, cuyo funcionamiento organísmico, basado en el placer, en el libre fluir de los deseos y en el derramarse, fue sometido al acorazamiento, el cual se fue haciendo cada vez más complejo hasta llegar a la terrible situación que vivimos hoy, ya insostenible[2].

Esta ganadería nómada supuso un trascendental cambio evolutivo con respecto a las “técnicas de acecho” del cazador paleolítico, ya que mientras éste último seguía o esperaba las grandes migraciones de herbívoros para su caza, el pastor nómada ya no sigue a la manada, sino que la dirige, se adueña de ella. Aparece de este modo por primera vez en la historia humana el concepto de apropiación (de la naturaleza): "esta vida (animal) es ahora mía."

Así, si hacemos un esfuerzo de empatía e intentamos percibir el mundo desde la perspectiva animista de las cosmovisiones arcaicas, doblegar la “fuerza” o el “espíritu” de un animal para crear manadas de animales domesticados, suponía quebrantar, romper de facto el vínculo ancestral y sagrado entre animales y humanos que había pervivido generación tras generación desde el principio de los tiempos a través de la espiritualidad naturalista paleolítica.

(...)La ganadería es por otra parte un sistema de dominación, de por sí, netamente patriarcal, pues implica una explotación de las hembras con fines reproductivos y para la extracción de su leche. Parece claro que dichas técnicas de dominación eran muy similares a las que indoeuropeos y semitas aplicaron sobre las mujeres de los pueblos que conquistaban, pues ya hemos visto en el capítulo anterior como los estudios genéticos muestran que dichas invasiones estaban compuestas en su inmensa mayoría por hombres foráneos que esclavizaban a las mujeres preindoeuropeas con fines reproductivos.

(“De la matrística al patriarcado”, Guillermo Piquero)

 

El ansia de dominación que ha perdurado desde las invasiones indoeuropeas hasta nuestros días ha llegado a tal extremo que, para evitar que ningún miembro de la sociedad se dé cuenta y pueda desmontar los engaños, es necesario desviar constantemente la atención y los esfuerzos. Para lograrlo, no dudan en recurrir a las estrategias más retorcidas y ruines[3], imitando el lenguaje de aquellos que se han atrevido a hablar o a escribir sobre la naturaleza del sistema y a estudiar cómo eran las sociedades matrísticas. A través de la mentira absoluta no es posible manipular a nadie, pues sería demasiado evidente. Necesitan, por el contrario, fingir que se oponen al sistema y que su objetivo es crear sociedades de seres humanos libres. Pero, por muy enrevesada que sea una mentira, no es posible sostenerla a lo largo del tiempo, así que, a pesar del uso de un lenguaje antisistema y revolucionario e incluso de la ejecución de acciones que también lo son en apariencia (como la reforestación), acaban mostrando sus verdaderas intenciones, cuyo objetivo es, en última instancia, apuntalar el mismo sistema de dominación que fingen combatir y, ya de paso, desviar la atención y la energía de todo ser humano que tenga un mínimo potencial realmente revolucionario. De esta manera, y como explica el blog mencionado en la nota 3, el sistema se retroalimenta continuamente.

Tras el estado de ánimo que provoca el desengaño,
llegan la tranquilidad y la liberación.

Aceptar el desengaño no es fácil. La primera acepción que da el DLE de esta palabra es: ‘Conocimiento de la verdad con que se sale del engaño o error en que se estaba’; y la segunda: ‘Efecto que el desengaño produce en el ánimo’. Y es que resulta doloroso descubrir que estábamos equivocados o que vivíamos engañados, y pienso que no debemos sentirnos culpables por haber creído en un proyecto o en la honestidad de una persona o de un grupo de personas. En mi opinión, la mayoría de nosotros no tenemos la capacidad de ser tan extremadamente retorcidos como aquellos que tratan de salvar el sistema a toda costa y es por ello que confiamos en la honestidad del prójimo y en las buenas intenciones detrás de un proyecto. Lo que sí tenemos es la capacidad de descubrir la verdad que oculta la maraña de palabras manipuladoras y engañosas, pues, como dicen: la mentira tiene las patas cortas y la verdad siempre acaba saliendo a la luz, con lo cual es cuestión de tiempo que nos acabemos dando cuenta de las estrategias de manipulación llevadas a cabo.

Por otro lado, podríamos hablar del desengaño de actividades en las que estábamos involucrados y que nos proporcionaban placer o de metas que teníamos en nuestras vidas. En mi caso, el montaje pandémico me pilló terminando un máster que me apasionaba y tenía la ilusión de comenzar un doctorado. Incluso habían aceptado mi participación en un congreso para presentar la materia tratada en mi inacabado TFM, y al que iban a asistir algunos de mis ídolos del mundo de la filología. Mi desengaño consistió en darme cuenta de lo que realmente es la Universidad, en la que yo creía solo en parte, al contemplar su actitud ante la farsa pandémica. Decidí, por tanto, apartarme del mundo académico sin renunciar a seguir estudiando por mi cuenta todo aquello que me interesa, que no es poco, pero ya sin la guía de tutores y sin ninguno de los beneficios que proporciona sujetarse a lo establecido, que no son más que caramelos para el ego (por ejemplo, el reconocimiento). He ganado, eso sí, en libertad. Y es que aunque el desengaño produce un efecto en el ánimo -como reza la segunda acepción del diccionario-, y además un efecto de pesadumbre, se trata de un proceso necesario por el que debe pasar todo aquel que desee verdaderamente ser libre.

Es posible que, por ser leal a ti mismo, o por incompatibilidad con el conocimiento del que ahora dispones, hayas tenido que renunciar a todo aquello que te convierte en una persona “digna” a ojos del sistema (y del conjunto de la sociedad): trabajo, estudios, distintas actividades, algunas de (o todas) tus relaciones sociales (porque ya no te llenan, porque te rechazan, etc.)... Y, además, poco a poco has ido renunciando también a todo falso proyecto revolucionario, solitario o colectivo, que te proporcionaba la deliciosa sensación de “estar haciendo algo”. Y es probable que hayas acabado viviendo prácticamente como un marginado. A ese estado te puede haber llevado el desengaño. Yo no sé qué nos espera a los desengañados en un futuro, pero sí sé que la verdad es más importante para mí que los caramelos que ofrece el sistema, aunque vengan envueltos en papelitos “revolucionarios”.

 

*Para mí, esta escena de la derrota final de Don Quijote no representa la renuncia a su ideal, tan genuino como el de muchos de nosotros, sino las consecuencias del engaño y las burlas de Sansón Carrasco y de todos aquellos que desprecian y no comprenden los anhelos quijotescos. Se trata del muro con el que nos encontramos cuando decidimos ser desde lo más profundo de nosotros y no desde los convencionalismos temporales. Tras la dura caída, despertamos con Alonso Quijano a la realidad de que nuestros actos no han servido ni pueden servir para recuperar esa Edad Dorada (Dichosa edad y siglos dichosos aquellos...). Y con esto no quiero decir que sea una utopía, pues ha durado más que los escasos milenios en los que ha predominado el sistema de dominación. Me refiero más bien al hecho de que el camino que hemos elegido no es el correcto, debido al ejército de Sansones Carrasco que impiden a toda costa y, como he mencionado, de maneras muy retorcidas, que la máquina de la dominación y la represión se pare. No importan los reinicios que sea necesario ejecutar, no importan las palabras mágicas que deban usar en cada época para convencer a una gran mayoría de que su sistema es el mejor posible (se ha llegado a afirmar muchas veces desde el más perverso cinismo que el capitalismo está acabando con el hambre en el mundo, lo cual es el colmo de la manipulación), ya que despojan a esas palabras de su contenido real (un recurso que se llama selección léxica) y las asocian a ideas reduccionistas para generar determinadas reacciones emocionales. Lo importante para ellos es que la máquina siga funcionando, pase lo que pase. Y para ello tienen que desviar a Don Quijote hacia falsas aventuras diseñadas por ellos y así lo tienen entretenido y deja de suponer un peligro, no siendo que la buena gente con la que se topa durante sus andanzas se acuerde de que, lejos de ser una utopía, la Edad Dorada fue disfrutada durante mucho tiempo por sus antepasados.



[2] El libro Carácter y neurosis de Claudio Naranjo ofrece una interesante síntesis sobre las consecuencias actuales del acorazamiento. Personalmente, soy optimista en cuanto a la posibilidad de recuperar, en mayor o menor medida, el funcionamiento organísmico original. Para ello, es importante reconocer nuestra propia neurosis a través del conocimiento de los eneatipos y, posteriormente, desidentificarnos de la estructura de carácter desarrollada a causa de la carencia de madre (para entender mejor el matricidio remito una vez más a los libros de Casilda Rodrigáñez).

[3] En el blog www.endefensadelahumanidad.blogspot.com se han descrito algunas de estas estrategias.


16/11/21

Canto otoñal al roble

Despide el árbol,

con ligeros besos, a sus hojas,

y vive, sereno, el invierno

mientras el tiempo

nutre la raíz.


Espíritu del bosque,

muéstrame la senda

de la vida redonda.

Oh roble que entregas,

con placer, tus frutos a la tierra,

acompaña, con tu crujir,

mis gemidos,

hasta que el lamento

se convierta en primavera.

27/10/21

El mejor verificador de información

He fracasado. He fracasado en el intento de contribuir a mejorar la comprensión lectora de la sociedad y de fomentar el pensamiento crítico. ¿Habrá sido por no utilizar las mejores armas o es que esta guerra ya estaba perdida antes de que me diera cuenta de que le tenía que plantar cara (si es que acaso esto era necesario)?

Y, además, ¿quién soy yo? Un ser humano, otro de tantos, con la diferencia de que hace años decidí poner el cien por cien de mis esfuerzos en recuperar toda mi humanidad, en ser una más del complejo sistema de sistemas real en el que vivimos y dejar de ser un engranaje de ese otro sistema que quizás deberíamos dejar de denominar así, pues con este uso lingüístico nosotros mismos le damos un lugar hegemónico.

La autorregulación se alcanza, en mi opinión, quitando una por una las piedras del dique y permitiendo así que nuestro ser recupere su cauce natural. Pero, insisto, ¿quién soy yo para derruir diques ajenos? Y, obviamente, nos produce una gran desazón ver el mundo lleno de construcciones artificiales e imponentes maquinarias de guerra -como los fact-checkers-, pero entendemos que el libre albedrío que hoy nos arrebatan es uno de los mayores tesoros del ser humano. Por eso, nos limitamos a advertir de que al final del camino adornado con lucecitas de colores, sonidos de notificaciones, baratas compras on line de todo tipo de prendas y artilugios, stories, tuits, incontables dosis de sustancias salvadoras... solo hay un pozo oscuro y muy hondo.

Nos duele contemplar esta sinrazón, pues siempre hemos añorado esos tiempos antiguos denostados por los mismos que nos impusieron una sociedad de bombas atómicas y crueles experimentos con animales y con los seres humanos considerados por ellos inferiores (judíos, huérfanos, vagabundos...). El mismo monstruo con distintas caras, con distintos nombres. El mismo monstruo que desde hace siglos buscó hacerse cada vez con más riqueza, recursos y dominio. El monstruo con distintas banderas y símbolos que despojó, en todos los rincones del mundo, a la gente de sus tierras para instaurar su sociedad perfecta, su perfecta máquina en la que los desposeídos solo éramos ya una pieza cumpliendo un guion preestablecido.

Pero se encontraron con la dificultad de que las piezas, a pesar de las interminables jornadas en la fábrica, a pesar de la miseria, no habían perdido su naturaleza humana. Así pues, mujeres y hombres de todo el mundo se unieron en contra de los explotadores. Lamentablemente, su lucha encarnizada no fue suficiente, ya que la estructura de poder se fue haciendo cada vez más sofisticada y los explotadores, siguiendo aquello de "la información es poder", lograron colonizar ya no solo las tierras de los antiguos hombres y mujeres libres, sino también sus mentes.

No conformes con haberse convertido en dueños de un aparato mediático internacional, centralizado y potentísimo, decidieron asimismo -¿por qué no?- destruir esas mentes, volverlas adictas, perezosas, modificar sus circuitos neuronales, poniendo ante sus ojos, ya desde la más tierna infancia -ternura que ellos se encargan de aniquilar-, una salvaje multitud de estímulos en constante pugna por captar su atención. Entre esto y la impuesta neoesclavitud para poder satisfacer sus necesidades básicas, robaron a los seres humanos el tiempo que antes dedicaban a la lectura pausada, a la reflexión, a la contemplación, al silencio interno. Los alejaron de los bosques, ya no solo para hacerse con sus recursos, sino también para evitar que escucharan los secretos viejos que salen de sus entrañas.

Comenzó así una espiral en la que el humano se olvidó de sí mismo, identificándose con el pseudoyo que le ofrecían desde afuera*, el único aceptable, pues, de lo contrario, se arriesgaba a recibir el desprecio de toda la sociedad; una sociedad construida sobre dogmas, sobre afirmaciones incuestionables que persiguen el simple objetivo de que los ricos sean cada vez más ricos y poderosos mientras que los desposeídos tengan cada vez menos** y acepten de muy buen grado su falta de libertad y soberanía. 

La cuestión es que, a pesar de la tendencia de muchos a sobrevalorar a los beneficiados por la estructura de poder, nunca dejaron ni dejarán de encontrarse lobos solitarios -o manadas de lobos- que no se dejan convencer, que no ceden a sus chantajes, que se alejan cada vez más de la amoralidad dominante y se desprenden, poco a poco, pero con determinación, del dique tras el que encerraron su esencia. Después de este proceso, los rebeldes descubren que el mejor verificador de información que existe es la voz terruñera de los robles y las hayas.


*Este proceso, llamado por Erich Fromm "conformidad automática" aparece descrito en el capítulo V de su libro El miedo a la libertad.

**Ruego al lector que no malinterprete mis palabras, pues no defiendo la ideología que pretende únicamente que la clase oprimida tenga un mejor nivel de vida material y más posibilidades de consumir productos y servicios innecesarios que nos deshumanizan. A lo que me refiero es a que los bienes esenciales de los que antes disponíamos de manera gratuita, al ser mercantilizados, ahora cuestan dinero. Es importante que distingamos entre hacer uso de algo y poseerlo. Los vecinos antiguamente hacían uso de los recursos del lugar para sustentarse, y esto estaba regulado por el derecho consuetudinario. La posesión convierte a una persona en dueña de una tierra, de una casa... sin necesidad de que la use. Obviamente, rechazo la posesión sin uso, pues suele conllevar explotación.

25/10/21

La agonía alfabética

Exilian mis toscas palabras a este lienzo de mentira. Y yo que ni las abarco ni hago nada por sujetarlas, accedo al vil chantaje.

Ya no es tiempo de libros ni de repartir poemas por las calles principales. Es tiempo de antisilencio, de pupilas cegadas.

Decidme, ¿qué hago con estas palabras?

Valgan poco o suficiente, no me caben en el pecho y me empecino en soltarlas en este desierto abarrotado.

Me entristece la ausencia de postales, los mensajes huecos excesivos. Y un leve mar parece que quiere consolar a mis mejillas cuando contemplo que a mi buzón solo llegan mudos papeles de colores.

Es tan taimada esta jaula numérica que primero me agasaja y, cuando me muestro confiada, va absorbiendo mis palabras, robándome el aliento vital.

Solo me queda escribirlas en el suelo y, con un poco de suerte, quizás conmueva a las nubes y deseen honrarlas con sus lágrimas.