Johan era una persona ordenada que se ajustaba a la perfección
a sus horarios. Porque, eso sí, eran sus horarios, ya que se sentía incapaz de
seguir los horarios marcados por otros. Esa era una de las razones por las que
se dedicaba a escribir columnas en el periódico, donde comentaba los últimos
conciertos de la ciudad y anunciaba a los lectores aquellas noticias
relacionadas con la música que consideraba importantes. Su jefa, que tenía fama
de ser demasiado estricta con los empleados, estaba, sin embargo, encantada con
Johan, de quien recibía su columna semanal con tiempo de sobra sin necesidad de
presionarle. Esta cualidad hacía que su vida fuese tranquila, al liberarlo de
cualquier forma de estrés.
Aquel día, como cada viernes, había pasado tres horas trabajando
en el periódico por la mañana, y por la tarde, se había tomado su habitual copa
de brandy en el Barbieri, mientras
escuchaba el piano y contaba el número de notas mal ejecutadas. Normalmente, cambiaban
de músico cada tres meses. Johan solo recordaba uno que había conseguido
embelesarle, pero, por desgracia, tan solo estaba de paso por la ciudad y, poco
tiempo después, fue sustituido por otro de esos músicos que siempre tocaban las
mismas canciones.
Después de su parada en el Barbieri, ya en casa, empezaba su ritual de los viernes por la
noche: encendía una luz suave, se sentaba en la butaca junto a la ventana y
observaba un objeto colocado en la mesa de enfrente, como si fuese una pieza de
museo. El objeto podía ser cualquier cosa, desde un bolígrafo o una nota (casi
siempre con la lista de la compra) hasta un pendiente o una prenda de ropa. El
único requisito es que tenía que tratarse de algo que hubiese encontrado tirado
en la calle aquella misma semana. Entonces, una vez situado frente al objeto,
se dedicaba a mirarlo mientras imaginaba cómo había llegado hasta el lugar
donde había aparecido. Siempre dejaba de lado las escenas más obvias y
fantaseaba con situaciones originales, pero todas ellas verosímiles. Cuando,
tras unas cuantas elucubraciones, quedaba satisfecho, guardaba el objeto en un
cajón, apagaba la luz y se iba a dormir.
Sin embargo, aquel viernes fue distinto. Tras llegar a casa
y prepararse, entró en la sala de estar, encendió la lámpara, se sentó en su
butaca junto a la ventana y miró hacia la mesa de enfrente. Y entonces comenzó
a invadirle una sensación que hacía tiempo no sentía. Era una angustia que aumentaba
a pasos agigantados. Pestañeó varias veces, se frotó los ojos y volvió a mirar.
Sobre la mesa no había nada.
Abrió el cajón, pero tampoco estaba allí. ¿Cómo era posible?
Cuando lo había encontrado el martes por la tarde, nada más regresar a casa lo
había depositado en la mesa. Y después de eso, no lo había tocado. Vivía solo,
así que nadie más podía haberlo cambiado de sitio. Empezó a buscar por toda la casa,
pero el objeto que necesitaba para su rutina de los viernes no aparecía.
Se sentó en la butaca a intentar recordar qué había pasado.
Le dio vueltas una y otra vez al mismo recuerdo: lo había dejado allí y no lo
había vuelto a coger. Ni siquiera había entrado en esa habitación. Pero, ¿cómo
podían esfumarse las cosas sin dejar rastro?
Exhausto por la emoción, decidió apartar la preocupación por
esa noche y acostarse.
Por la mañana, como todos los sábados, se aseó, desayunó y
ordenó la casa. Pero, entonces, se acordó del objeto desaparecido y, al entrar
en la sala de estar, lo vio allí; el calcetín rojo estaba otra vez sobre la
mesa. No entendía nada. Además, ahora tendría que esperar una semana para su ritual.
El jueves encontró un imperdible, lo cual le causó mucha
gracia, porque ¿cómo era posible perder un imperdible? ¿O por qué no le habían
puesto un nombre más apropiado? Por suerte, estaba cerrado y no se pinchó.
Cuando llegó a casa, al acercarse a la mesa de los objetos encontrados, se
preguntó qué haría el viernes, si contemplar el calcetín y dejar el imperdible
para la semana siguiente, con lo que ya tendría una semana de retraso, o si se
dedicaría a contemplar las dos cosas.
La respuesta a su dilema llegó sola. Esa tarde en el Barbieri había sido más desagradable que
otras. El pianista nuevo no hacía más que desafinar y a veces parecía que movía
las manos peor que un maniquí. Subió las escaleras, se puso cómodo, cenó y después
se dirigió a la sala de estar. Ahora tenía que decidir qué haría con el
calcetín rojo y el imperdible. Sin embargo, al encender la luz, comprobó que
sobre la mesa no había nada. Esta vez se preocupó de veras, comprobó la
cerradura, no parecía forzada. No obstante, preguntó a los vecinos si habían
visto algo raro. Se limitaron a negar, extrañados.
A partir de ese momento, cada vez que encontraba algo en la
calle, dudaba de si cogerlo o no. La primera semana sí que lo hizo, pero aquel
sobre fue lo último que llevó a casa, pues el viernes siguiente, tanto este,
como el imperdible y el calcetín, habían desaparecido, y a la mañana siguiente,
volvían a estar en su sitio.
Empezó a plantearse la idea de ver a un médico. Al principio,
cuando le contó al doctor lo que le sucedía, pensaba que le estaba tomando el
pelo, pero pronto se dio cuenta de que su preocupación era real. Le revisó, e
incluso le mandó hacerse unos análisis, pero, salvo por la tensión un poco alta,
estaba perfectamente sano. Lo derivó al psicólogo, por si estaba sufriendo
algún tipo de trastorno. Johan no confiaba en él, pues era el mismo que le había
recomendado (casi impuesto) unas pautas ridículas para superar su miedo
escénico tiempo atrás. Ni siquiera entendía por qué debía remediarlo. Estaba
satisfecho con su vida. Hasta ese momento. Y, tal como esperaba, no supo ayudarle
tampoco para el problema de los objetos desaparecidos.
La angustia no disminuía, alimentada, además, por la música
cada vez peor del Barbieri. Acompañaba
cada sorbo de brandy por una crítica al músico de turno. A una de ellas,
emitida sin darse cuenta en voz audible, respondió el camarero.
-¿Y por qué no se ofrece usted para tocar el piano? Tengo
entendido que es un excelente músico. -A Johan se le cortó por un momento la
respiración. Después dijo, con gesto amable:
-Solo es una afición personal.
El joven no insistió. Johan, algo alterado, apuró la copa y
abandonó el local. Tal vez necesitaba encontrar un sitio mejor para su plan de
los viernes por la tarde.
Y así fue. Encontró un pub
en el que la música salía de un aparato y no de unas manos de escayola. Pero
no fue solo esto lo que cambió de su rutina. Sentía que sus horarios ya no le
aportaban seguridad, sino que lo ahogaban y, como nunca había soportado la
presión, decidió prescindir de ellos. Las consecuencias pronto se vieron tanto
en su casa, que acumulaba polvo y desorden, como en el trabajo. Su jefa comenzó
a preocuparse. En un primer momento, fue benevolente, teniendo en cuenta que
Johan no le había fallado durante años. Pero, al ver que la situación no daba
señales de mejorar, se volvió exigente, como era con el resto de empleados,
hasta que un día Johan no aguantó más y decidió despedirse.
De momento, el dinero no era un problema, pues debido a su
ordenada vida, tenía unos ahorros considerables. Pero el pub ya no era solo algo de los viernes por la tarde. Pronto se
convirtió en el sitio donde Johan pasaba más horas, acompañado por el whisky, que
había sustituido a su antigua bebida.
Todas las noches llegaba a casa tambaleándose y, algunas, le
daba por entrar en la sala de estar. La mesa estaba vacía, pues no había vuelto
a sacar los objetos del cajón. Cerraba la puerta, dejando la habitación en
penumbra, e iba al salón y se sentaba un rato al piano, sin atreverse a mover
las manos. Tan solo tocaba los ratos en que estaba sobrio. Era la única
satisfacción que le quedaba.
Como era de esperar, el dinero se acabó y empezó a
endeudarse, viéndose obligado a dejar de visitar el pub. Recorrió otros, pero en todos le sucedió lo mismo. Del último
lo echaron a golpes. El camarero del Barbieri,
que salía del trabajo, lo encontró inconsciente en medio de la calle.
Al abrir los ojos, Johan vio una habitación que no era la
suya. El joven lo había llevado a casa y había curado sus heridas. Aunque no se
había inmiscuido en las causas por las que había llegado a ese estado, Johan
pensó que merecía una explicación, al menos como agradecimiento.
-Creo que hay una manera de ayudarte -le comentó. Johan
intuyó cuál era la propuesta.
Cuando se repuso de sus heridas, sacó uno de sus trajes, que
llevaba demasiado tiempo encerrado en el armario, y acudió al Barbieri. El dueño del local alabó su
puntualidad. Al día siguiente, empezó su nuevo trabajo. Hacía meses que no
disfrutaba tanto tocando el piano. Sus notas acompasaban las conversaciones de
la clientela, especialmente numerosa. Era viernes por la tarde.
Horas más tarde, entró en la sala de estar, encendió una luz
suave, colocó el calcetín rojo, el imperdible y el sobre en la mesa, se sentó
en su butaca junto a la ventana y comenzó a fantasear sobre los caminos que habían
recorrido hasta acabar justo delante de él.
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