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8/5/20

La necesidad de afecto

Uno de los asuntos sobre los que más he reflexionado, especialmente en los últimos años, es el de las relaciones con los demás. Ya he escrito otros artículos al respecto en este blog. Creo que una de las lecturas más determinantes para mí fue Rayuela y su tratamiento de la otredad. 

Me inquietaba  el tema de las relaciones interpersonales porque, debido a mis propias experiencias y a mi carácter, he tenido tendencia a aislarme de los demás. Y, al menos de niña, a pesar de necesitar momentos de soledad, encontraba fácilmente  puentes con otras personas, porque mi mente aún no había sido excesivamente poblada por pensamientos que, más tarde, generarían emociones intensas como el resentimiento, el miedo o el rechazo (habría que preguntarse si realmente el rechazo es una emoción, pero para ejemplificar el caso, nos sirve conceptualizarlo de esta manera).

Voy comprendiendo que eso que se oye mucho en ambientes espirituales (y pseudoespirituales) de que los seres humanos vivimos en la dualidad es muy cierto. Somos seres duales y es todo un proceso alcanzar la llamada por los clásicos aurea mediocritas. La dualidad que viví en determinados momentos de mi vida consistía en esa necesidad de aislarme, enfrentada a la necesidad de compartir afecto con otros seres humanos. ¿Cuál sería el aurea mediocritas que hubiese enlazado esos dos extremos? Podría haber visto esa necesidad de estar sola algunos ratos, o incluso algunos días, como algo natural: en lugar de utilizar el aislamiento para huir de los demás, movida por las emociones que citaba antes, percibirla como un regalo hacia mí misma y un ejercicio para tener mayor equilibrio. Y, al mismo tiempo, podría haber sido más cuidadosa a la hora de elegir a las personas con quienes me relacionaba. 

Pero la inteligencia emocional, la autoestima, la valoración propia y de los demás no es algo que se aprenda en el colegio y, en la mayoría de los casos, tampoco en casa; sino que es todo un aprendizaje continuo que se da sobre la marcha. Y, en ocasiones, las grandes lecciones llegan (llegamos nosotros a ellas) tras experiencias dolorosas. 

En aquel momento, era un títere de mis emociones, de mis creencias más arraigadas, de un pasado que quizás ni era mío. Entonces, en lugar de buscar esa justa medida, me aislaba de los demás y, a la vez, estuve en relaciones de dependencia. Cuando me aparté de ellas, grabé en mi mente la creencia de que todo lo que necesitaba estaba en mi interior. Así que de aislamiento+dependencia pasé a total aislamiento afectivo.

Y, durante un tiempo, pareció funcionar. Que estuviese en aislamiento afectivo no significa que no tuviese ningún tipo de relación con nadie en absoluto, pero, desde luego, no en el grado en que un ser humano las necesita. Me mantuve anclada en la creencia del no necesito nada de nadie durante muchos años. Pero tengo la suerte de estar siempre abierta a aprender, tarde más o tarde menos. Llegamos entonces a mi "descubrimiento" más reciente. Un descubrimiento que para otras personas es pura lógica. 

Rayuela dio palabras a mi inquietud de hace algo más de un año: cómo se pasa de ser isla a ser puente, cómo se accede a la otredad sin morir en el intento. Hubo un fuerte combate interno entre extremos, durante el cual la "isla" repetía: mejor los libros que las personas, no necesito a nadie y me parece tóxico que alguien me necesite y mantras similares. Y otra parte de mí era consciente de que podía estar perdiendo a las personas más importantes de mi vida con esa actitud. El rechazo que, inconscientemente, temía recibir lo estaba dando yo a personas que siempre me demostraron, a pesar de las naturales desavenencias entre seres humanos, que les importaba, que eran de confianza.

En ese transcurrir, seguía preguntándome por la necesidad, centrándome en esta cuestión: ¿está bien necesitar? La respuesta me llegó desde afuera, desde el otro lado del puente, al atreverme a dar la mano a la otredad. Fue una respuesta que retumbó dentro de mí, en cada célula y cada átomo. En realidad, esa idea ya estaba en mí, pero la había ignorado, la había adormecido al prestar atención a mis mantras del miedo.
Vivimos en una sociedad cada vez más individualista. Saben que dividirnos es la estrategia más eficaz para dominarnos. Aísla a tus presas y te será muy fácil alcanzarlas. Pero la Naturaleza es sabia. Kropotkin lo tenía muy claro. Él no creía en la concepción darwinista de la vida, en la que solo el más fuerte sobrevive (en realidad, esto es una forma muy simplista de definirla, pero es la que reside en la mente colectiva; por eso la uso), sino que percibía en plantas, animales y seres humanos (que también somos animales) un principio básico: la búsqueda del bien común. Nos necesitamos, nos ayudamos, nos aportamos. Y eso ni está bien ni está mal. Simplemente es natural. ¿Por qué nos venden que está mal desear tener pareja, formar una familia...? Tampoco se trata de volver a los prejuicios religiosos que condenaban a quien no encajaba en el modelo social de la época, sino de salir de la oposición bueno-malo. No hay una opción mejor que otra. Somos seres humanos, cada uno tiene sus circunstancias, su carácter, sus experiencias, su perspectiva. Pero es innegable que la necesidad de afecto tiene mucho peso en nosotros. La cuestión es qué hacemos para cubrirla. Si nos valoramos poco, es probable que acabemos aguantando situaciones de abuso que ni siquiera saciarán esa necesidad. Por eso es imprescindible elegir bien a las personas con las que compartir (dar+recibir) ese afecto. Y si nos equivocamos con una amistad, una pareja o un familiar, no pasa nada. También poner límites es un aprendizaje continuo, así como lograr un equilibrio para que nadie esté dando de más o de menos, sino que ese afecto esté bien repartido.

¿Crees que un lobato se pregunta a sí mismo si está bien necesitar el calor y la protección de su madre? Y cuando se hace adulto, ¿se cuestiona si está bien o está mal sentir el impulso de vivir en manada? ¿Entonces por qué algunos de nosotros nos preguntamos si está bien necesitar afecto?




30/9/18

La necesidad de ser padres, ¿todo vale? (parte III)


Para comenzar este artículo, me gustaría mostrar la mentalidad de algunas personas que recurren al negocio de los vientres de alquiler para saciar su necesidad de ser padres. En el foro Babygest aparece la siguiente consulta: <<si el bebé tuviera algún problema que no tiene solución médica querríamos abortar (...). ¿La madre subrogada puede decidir no abortar? ¿Qué pasaría en ese caso? ¿Podríamos decidirlo nosotros?>>. (https://www.babygest.es/foro/tema/que-pasa-si-la-gestante-no-quiere-abortar-y-nosotros-si/)

Creo que no es necesario comentar nada. La pregunta es un clara muestra del concepto equivocado de paternidad que existe en personas dispuestas a pagar por un bebé a la carta. Es cierto que debemos ser honestos y no caer en la generalización, ya que no todos los clientes de este servicio llegan a tal extremo. Aun así, parten, como digo, de una idea errónea de la paternidad.

Por desgracia, esta mentalidad egoísta se extiende por nuestra sociedad, fruto de un proceso gradual de deshumanización al que asistimos con los ojos vendados, distraídos como estamos por las quimeras del sistema capitalista, incapaces de mirar ni a nuestro interior ni al interior de los otros. Cada día, al salir a la calle, nos vestimos nuestra máscara, la cual vamos identificando poco a poco con nuestro propio ser, que acaba desapareciendo cuando finalmente esta se apodera por completo de nosotros. 

Y dicha máscara no entiende del sacrificio. Hemos olvidado (o estamos olvidando, si somos menos pesimistas) una idea fundamental, que es la del amor. No sabemos amarnos a nosotros mismos, lo que implica conocerse, aceptarse, mejorar, tener valor, saber perdonarse y juzgarse de manera objetiva. El sujeto que no ha aprendido a amarse a sí mismo de este modo, que nada tiene que ver con el narcisismo, no tiene la capacidad de amar a los otros (no puede conocerlos por dentro, sino que solo ve su máscara; ni aceptarlos con todos sus defectos, y mucho menos soportarlos; etc.). Y esta falta de amor produce un gran vacío existencial que el sistema capitalista se ocupa de llenar con sus baratijas (también lo intentan llenar las religiones, la falsa espiritualidad a lo Paulo Coelho...).

La conclusión a la que quiero llegar es que esa necesidad de ser padres de quienes recurren a los vientres de alquiler no es sino una de las manifestaciones de ese fatal sentimiento de vacío, por lo tanto, el bebé a la carta sirve para llenar su vacío. Lo triste de esto es que no solo los clientes de la gestación subrogada tienen hijos para satisfacerse a sí mismos, sino que es una actitud que abunda en nuestra sociedad y que en ningún momento lleva a plantearse lo que es mejor para la criatura, o al menos no de una manera profunda. Lo que hacen es transmitir al hijo su idea narcisista del amor, haciendo que el vacío colectivo de nuestra sociedad aumente.

Volviendo a la consulta que compartíamos al principio, vemos que estos padres quieren bebés a la carta, llegando incluso a elegir el sexo (https://www.babygest.es/foro/tema/podemos-elegir-el-sexo-del-bebe/). ¿En un futuro se podrá elegir la personalidad? No lo sé, pero eso ¡no es amor! Lo sublime de la paternidad es amar a una personita que no sabes cómo va a ser, aceptarla sea como sea, porque eso fortalece nuestro carácter, nos hace superarnos a nosotros mismos. El amor no tiene expectativas, porque conlleva obligatoriamente sacrificio. Sin sacrificio lo que hay es una sensación agradable de compartir buenos momentos, pero ¿qué va a pasar cuando lleguen problemas serios? Creo que no me equivoco al afirmar que todos conocemos a algún padre o madre que cuida de un hijo dependiente. En mi caso, conozco a una señora que tiene un hijo de aproximadamente mi edad con parálisis cerebral. Para mí, los cuidados de esa mujer hacia su hijo -cada vez que le limpia, le da de comer, le besa sin que su beso le sea devuelto- son la expresión máxima del amor; igual que cuando un hijo cuida de su madre o su padre enfermo de alzhéimer.

Sin embargo, esta actitud escasea cada vez más. En una conversación reciente surgía el tema de la crianza de los hijos: me comentaban, por ejemplo, el caso de una niña pequeña que estaba en su sillita con un teléfono, en un parque, porque al adulto en cuestión no le apetecía llevarla a los columpios. Día tras día vemos ejemplos similares. Aparte del asunto del trabajo asalariado, en el que no voy a entrar, falta la voluntad de sacrificarse por los niños incluso en estas pequeñeces. Como planteaba en el párrafo anterior, ¿cómo vamos a enfrentarnos así a las adversidades? 

Tampoco voy a desarrollar el tema de la adopción, pero no olvidemos que existen muchos niños huérfanos (casi veinte mil en España). A las dificultades burocráticas (esta noticia habla de los intereses económicos que hay detrás de un niño no adoptado: https://extraconfidencial.com/noticias/casi-20-000-ninos-huerfanos-espanoles) se suma la actitud egoísta que estamos mencionando. Y es que es mucho más fácil tener un bebé a la carta que cubrir las necesidades afectivas de un niño de catorce años que lleva en su alma unas cicatrices que pocas personas conocen, porque eso exige paciencia, inteligencia, firmeza, honestidad y, en fin, mucho, mucho sacrificio.