7/12/20

La flor marchita

La flor siempre estuvo. Oculta entre escombros, sintiéndose un pedazo sombrío de lo que veía a su alrededor.

La savia golpeaba armónicamente para hacerse notar. Alguna mariposa apareció, y elevaba su vuelo, inalcanzable.

Cómo puedo ser, cómo puedo dejar de ser alquitrán perenne y viejo.

Aprendió a correr, aprendió a nadar a contracorriente. Memorizó técnicas de vuelo... siguió siendo brea.

Su voz se empañaba, las heladas paredes del laberinto marchitaban sus pétalos.

Llegó al centro, besó al Minotauro. Creyó haber descubierto los secretos de la alquimia mientras la bestia continuaba habitando sus entrañas.

Perdió la mirada, perdió la piel, perdió los atardeceres que tapizaban su cuerpo.

Perdió

No he perdido nada. Sigo siendo el mismo eterno fracaso.

Sí los perdió, pero solo ante sus ojos; no escogía bien sus espejos y el charco al que se asomaba estaba enturbiado.

No se veía. No percibía su fragancia. Se creyó desde los inicios un conjunto de ruinas, pero no de aquellas que admiran los historiadores.

Le falta comprender que algo nubló su vista y que, en realidad, no hay necesidad de alquimia. Que sus pétalos no están marchitos, que el verde reluce palpitante, que las abejas buscan su néctar. Pero no puede oír su zumbido.

¿Cuándo despertará de su sueño? Será el rocío, y no las lágrimas, quien limpie sus ojos.

Pensé...

No ha cambiado nada. Siguen conviviendo en mí cantos de ruiseñor y las ogrientas voces que arrancan alas de mariposa. Solo hay más frío, más gruta asfixiante rasgando mis cuerdas vocales. Solo hay películas a medias que se amontonan en un destartalado garaje. Destartalado como mi cabeza.

Mi cabeza, que cree que puede desactivar el generador de huracanes, transformarlos en un dulce soplo. Mientras tanto, sigo con la alquimia que nunca acaba. Y cada día hay más plomo.

No vuelve mi risa.

Pensé... 

Quizás ese fue el error.

O lo fue creer en luciérnagas cuando en este planeta nos come nuestra propia mierda.

Pensé. Soñé que rescatabas la rosa. Soñé y aun estaba dentro del laberinto, con los brazos encadenados desde adentro, desde la voz ogrienta, desde la voz plomiza, desde las memorias que no entiendo, que no sé liberar.

Pensé que esta vez. 

Pensé que esta vez sí, que esta vez tú.

La mierda come el planeta. Come mi pecho mezquino.

¿Me engaño con mis fantasías protuberantes llenas de color? ¿Me engaño con las psicodélicas despedidas de sol?

Si nos come la mierda...

Si en mi sangre... quizás... ya solo queda mierda. Y en mi mente engañada quedas tú.

5/12/20

Lo innombrable

Pensé que, de darse, se trataría de un vacío no natural, un vacío resultante del fracaso.

Sumergida a diario en el acontecer, con sus llanuras y sus picos, no es fácil percibir eso, lo innombrable (porque no sabemos nombrarlo o porque el programa nos lleva a rechazar la palabra mientras nuestra naturaleza humana nos hace anhelar su contenido). Solo al aparecer la posibilidad, comprendí lo necesario que es para mí (para todos los seres humanos: la mayoría lo sabe; otros “decidimos” ignorarlo).

Una presencia cálida, ya casi siempre de espaldas, ya sin cubo y pala, sin visitas al parque, sin... todo aquello que he desterrado (¿para qué recordar?). He huido de ese concepto absurdo que nos inculcan, absurdo y dañino porque te llena de expectativas que no sabes cumplir. Exceso de juicio y críticas, de golpes disfrazados de consejos “por tu bien”. Y al final descubres que ese rol es solo un engaño: uno de los mayores parásitos que asolan las cabezas de la colectividad.

Pero al escapar del concepto, me he exiliado de eso. Quizás porque no supe mantenerlo. Quizás porque lo mezclé (somos alma y ego, y el ego es la ejecución de nuestra programación inconsciente) con el Robespierre que ruge en mis entrañas.

Desconozco la solución lógica. Si has estado regando una planta a la vez con agua y con amoniaco, quizás el único modo de hacer que se recupere sea darle lo que necesita y esperar, pero no puedes dárselo, porque no tienes agua pura, tu sol se queda sin pilas cada poco tiempo y, además, Robespierre sigue viviendo en ti.

Al menos has reconocido eso por unos minutos. Y ahora que por fin has vuelto a verlo, eres consciente de que existe una importante posibilidad de que huya de ti. ¿Y qué esperas, cuando tú misma lo has desterrado?

No podías hacer otra cosa, está claro. Robespierre es una comunidad de piojos que han encontrado un hogar agradable en ti. No se va a ir tan fácil. Y en los momentos de debilidad, es tu titiritero.

Ahora sabes que te importa lo innombrable, que lo tuviste, que lo ofreciste con toda la potencia de tu sangre colonizada.

Pero el invierno intermitente ha rasgado los colores. No consintió el brillo en los ojos, la dulzura en la voz, las explicaciones sosegadas. No permitió la cálida rutina que compone los muros de un hogar. No permitió un hogar.

¿Y qué se hace entonces con la planta? ¿Qué se hace con el anhelo de lo innombrable y el repudio de su nombre? ¿Qué se hace con la conciencia del posible vacío?

28/11/20

Vuelta al exilio

Vuelvo con la mente opaca al destierro. Destierro ahora de notas. Separo pedazos del alma.

Para qué engañarme.

Soy yo la exiliada. Me exilio de las ondas que nacen del vientre de la hoguera.

¿Quién le puso vida al tronco?

¿O en realidad muere ante mis ojos?

Tal vez solo trato de engañar a las cenizas.

A las cenizas que un día seré.

Si todo está hueco, ¿cuál es el sentido de este vacío por una verdad?

¿Cuánto vale la verdad?

La cambio por la piel. La mente opaca me lleva de vuelta al invierno en el nido.

O la mente cierta me salva de la falta de esencia.

Si es así, ¿por qué divido?

No puedo creer que las notas mientan.

No puedo creer que el fuego despedace la esencia.

No puedo creer que pierda, una vez más, las palabras que se desparraman por el silencio de estas líneas.

23/11/20

La plaza del distrito F. Capítulo 3

Pedro, como cada noche de guardia, revisaba las bases de datos para comprobar que todo estaba en orden. Hasta después de media hora no le tocaba recorrer el pasillo de las celdas. El silencio era casi absoluto, interrumpido solo por el ruido que producían los aparatos electrónicos de la sala y el sonido de las teclas. Era la 1.30. Todos los presos dormían o, al menos, se mantenían callados. Una noche más de trabajo. Sin embargo, había algo que le inquietaba; una sensación que no lograba identificar.

Unas tres horas más tarde, le llegó el eco de un murmullo. En todos los años que llevaba en su puesto, jamás había escuchado a un preso hablar de noche. La rebeldía solo se daba en los primeros seis meses que duraba el Programa 201. Este sistema de readaptación había resultado ser muy eficaz. Incluso algunos expertos afirmaban que, tras el proceso, los reclusos estaban capacitados para tener una vida normal en la sociedad, pero el Ministerio del Bienestar veía necesario retenerles unos cuantos años, ya que nunca se había probado lo contrario y se desconocían las posibles consecuencias. La prevención era la primera premisa del Ministerio. La sociedad es un organismo –solía decir el ministro en sus comparecencias-; y es necesario que todos sus elementos funcionen correctamente. Si uno solo de ellos enferma, contagiará a todos los demás y esa sociedad se corromperá de manera irreversible.

Pedro se dirigió al lugar donde se originaba el murmullo y, a medida que se acercaba, podía entender algunas palabras: peligro, retirada, traición. Con pasos silenciosos, llegó a la celda 17. El joven al que había limpiado las heridas unos días antes temblaba en el camastro y continuaba su balbuceo. Se quedó un rato de pie, observando. Esa situación era frecuente, sobre todo en las primeras semanas del Programa. Sin embargo, el nuevo aún no había tenido la primera sesión. De todos modos, no comprendía por qué, después de tantas noches en las que había sido testigo de pesadillas en los reclusos, ahora sentía esa extraña curiosidad.

 

Estrella acababa de cerrar un importante negocio con uno de los clientes del distrito F. Regresaba satisfecha a la oficina cuando, al pasar por la plaza, encontró a Jaime hablando amablemente con un señor de unos cincuenta años que llevaba un traje rojo, el cual destacaba junto al uniforme verde de Agente del Bienestar de Jaime. No se preocupe, yo le acompaño, calmaba al hombre mientras le agarraba suavemente del brazo. Hola, Estrella. Te veo muy sonriente. Las cosas van bien, ¿no? La mujer le explicó el motivo de su alegría y Jaime le contó que había encontrado al hombre del uniforme rojo deambulando fuera de su distrito. Parece que se ha despistado. Voy a llevarle a la Cúpula para que le hagan un chequeo. Se despidieron y Estrella continuó su camino.

Recordó su última visita a la Cúpula de Prevención y Reajuste, hacía unos cinco meses. La Sanadora, tras las pruebas pertinentes, le había dicho que se encontraba estupendamente, salvo por la beremina, que estaba un poco baja. Le dio entonces unos frasquitos que debía tomar todas las mañanas durante un mes. Las revisiones en la edad laboral eran anuales, excepto en casos problemáticos. Espero que ese señor no tenga nada grave, pensó.

Aquella noche volvió a soñar con su padre. Ante ella había un objeto redondo y de colores que daba vueltas sobre un eje. El hombre la miraba con ojos risueños y le pareció oír su propia risa infantil entremezclándose con la voz grave y cálida de su padre, quien hacía un gesto con la mano, como indicando algún lugar. Cuando el despertador la sacó de aquel estado, notó una especie de peso en el estómago, pero se esfumó rápidamente en cuanto se levantó de la cama y comenzó su rutina diaria.