14/11/18

Al padre de los cronopios


Lo cotidiano que tú transformas, piedra filosofal de las palabras, es la niebla que a mí me aplasta. Un día tu costumbre con alas fue mi meta. Costumbre pequeña, pero constante, como la risa de Carlos Galván, a quien acabo de dejar a la vuelta de la esquina. Y vienes ahora tú, que yo no te he elegido ni buscado, a recordármela, sí, a recordarme que de nada sirve intentar ser Maldorores en liquidación ni Melmoths privilegiadamente errantes, que tanto grito enjaulado, tanta queja justificada no tiene justificación, que es una grieta en mi mente la que atrae las apelotonadas nubes que emanan de la gris carcajada, y que solo necesito apretar el botón -como tantas otras veces- que enciende el viento y activa verdes orgánulos y cascadas.


Qué decirte, además de esto. Me recuerdas también alegres funerales de paraguas con otras formas y otras ventanas de roca primigenia. Y es que salpica violentamente la niebla la llama del pecho, intentando apagarla. Quiere hacerme creer que no hay nada, ni azules melodías que abrazan veleros, ni tristes cuervos embrujados, ni esas criaturas de mi alma ayer desterradas.

Se aprovecha de que nunca se me dieron bien los puentes, y aunque me estoy iniciando en esta ciencia, siguen presentes ecos de martillos que no han visto una fragua. 

Intentaré contigo acordarme de besar a la ondina, de untar mis pies en cenizas de raídos paraguas para no acumular innecesarias heridas mientras persigo perlas enterradas en sucesivos mares.

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