21/11/18

Dilatación del laberinto


Él, su lejano e íntimo él lo llamaba la “Gran Costumbre”. Ella, aspirante a Maga, prefería “niebla”. Separaba así el ente real, el que le rozaba los poros, el que se exhibía inerte ante sus ojos de la sensación que intentaba adueñarse de ellos desde adentro. Pegajosa sensación de cárcel, el asfalto volviendo al origen nada remoto, a ciegos alfareros que lo ven todo menos la claridad y la oscuridad. 

Tampoco ella creía en fórmulas, “¿Qué tal, López?”, “feliz esto”, “feliz aquello”, “buenos días”..., acostumbrada a detenerse en cada palabra y a repudiar conversaciones de ascensor. Solo a veces las consideraba, cuando aprendió la utilidad que se podía extraer de ellas. Y es que, sí, solo a veces había una verdadera necesidad de ejecutar el acto de habla, de meterse realmente en el papel de emisor o destinatario, disfrazando el mensaje con las citadas fórmulas, tomándolas como excusa para conseguir un poco de calidez. La vecina del quinto te dice que seguramente llueva por la tarde porque no tiene la suficiente confianza- o ni siquiera ella se da cuenta- para expresarte su necesidad de ser escuchada, de saber que otra persona va a hacer de destinatario para que ella pueda sentirse un emisor eficaz. También podemos tener el anhelo de recibir. Entonces es ese rol (el de receptor) el que cobra más importancia que el resto. ¿Podemos considerar que hay mensajes ocultos, entonces? No lo creo. Parece solo el acto de habla como el hecho de respirar, también dos direcciones, pero un sujeto activo y pasivo al mismo tiempo. En la comunicación son dos sujetos activos y pasivos de manera alternativa.

Y así estaba ella, deambulando entre respiración y comunicación, entre soledad y cómo llamarlo, “otredad”, como leyó en aquel rugido de papel susurrante. Pero, ¿cómo integrarse en la otredad, si no se fiaba de la “otra mano tendida desde el afuera, desde lo otro”?

Antigua experta en derribar muros, en hallar tesoros, en detectar senderos, en arrancar máscaras y convertir espantapájaros en polvo de estrellas, ahora estaba paralizada, caminando en espiral por la niebla, que engañaba a sus pasos. Y aunque ya no eran de plomo, le vencía a (grandes) ratos el cansancio. A pesar de ello, se negaba a fundirse con la niebla, a seguir alimentando la “Gran Costumbre”.

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